De die in diem
En el ensayo “Dos conceptos de libertad” de Isaiah Berlin, hay un apartado titulado “El templo de Sarastro” en el que el autor expone una interesante idea sobre lo que oculta el liberalismo. Aunque algunas versiones del liberalismo se hacen llamar igualitarias, no lo son tanto, pues establece una superioridad de los racionales sobre los irracionales. Berlin dice que tanto Rosseau, como Kant y Fitche, quienes comenzaron como individualistas, se preguntaron si sólo era posible la vida racional para el individuo o también lo era en la sociedad. Es lógico pensar que si uno quiere ser libre, los otros también tienen derecho a serlo, pero qué sucede cuando chocan estas voluntades.
En la obra Justicia para erizos, Ronald Dworkin postula dos principios a los que todo gobierno legítimo debería apegarse:
Primero, debe mostrar igual consideración por el destino de todas y cada una de las personas sobre las que reclama jurisdicción. Segundo, debe respetar plenamente la responsabilidad y el derecho de cada persona a decidir por sí misma cómo hacer de su vida algo valioso.
Para Dworkin, estos principios de justicia distributiva establecen cuáles son los recursos y las oportunidades que los gobiernos deben poner en manos de sus gobernados. Y para el autor, los gobiernos tendrían que apegarse a estos principios porque las distribuciones políticamente neutrales no existen.
En la obra Ocho lecciones sobre ética y derecho, Carlos Nino explica los principios detrás de la obra A Theory of justice de Rawls:
Según el primero -porque además tienen un orden jerárquico- todos poseen igual derecho a la máxima libertad que sea compatible con una libertad equivalente de los demás. Y en segundo lugar está lo que denomina principio de diferencia, que tiene una posición subordinada respecto del primero, y que dice que todos los bienes de tipo social y económico -que comprenden cosas tales como el ingreso, el prestigio social, etc.- también deben ser distribuidos igualitariamente -esta es la cláusula principal- excepto cuando una distribución desigual fuera en beneficio de … […]
En la obra La marca del Editor, Roberto Calasso describe al editor como autor de un libro único. La marca del editor, lo distintivo de un sello editorial, fue dejada por varios editores como Giulio Einaudi (Italia), Luciano Foà (Italia), Peter Suhrkamp (Alemania) o Vladimir Dimitrijevic (Macedonia).
En el fondo, este proceso peculiar, por el que una serie de libros pueda ser leída como un libro único, ya ha sucedido en la mente de alguien, por lo menos de esa entidad anómala que está detrás de cada libro en particular: el editor.
En la obra La marca del editor, Roberto Calasso comenta un texto de Kevin Kelly publicado en el New York Times Magazine y que lleva por título “¿Qué pasará con lo libros?” Y aunque en un inicio Calasso pensó que se trataba de otra alerta más, se dio cuenta que había algo más profundo en el planteamiento de Kelly.
Kelly ve un futuro de libros digitalizados, pero encuentra dos obstáculos; el copyright y el libro físico, porque resulta complicado voltear la página para escanear millones de libros que se pretenden digitalizar.
Es una pena que el semanario Charlie Hebdo haya aplazado su próximo número a una fecha incierta. El objetivo del semanario que sufrió el atentado era desacralizar al islamismo como ha ocurrido con otras tantas religiones. ¿Es la risa el mejor medio para quitar el carácter de lo sagrado? En la mitología griega, Prometeo deja una cáscara (una piel sin carne) y grasa como ofrenda a Zeus en lugar de un buey. No sé si haya sido la risa de Prometeo, la burla o ambas lo que orilló a Zeus a castigar a los hombres. Así lo resumen Josep A. Clúa Serena y Rubén J. Montañés Gómez en Esquilo: Persas, Siete contra Tebas, Suplicantes, Prometeo encadenado
En una entrada anterior al blog, decía que Roberto Unger había llegado a la conclusión de que el Estado de derecho o la rule of law era a la vez necesaria e imposible. Esto es así, porque desde la perspectiva de la corriente denominada “Critical Legal Studies” (en adelante CLS) existe una contradicción. Andrew Altaman, citado por Ernesto Garzón Valdés en el texto “Instituciones suicidas”, resume la tesis de la CLS en tres ideas:
Una búsqueda en Google del concepto “voto de castigo” da como resultado dos sitios de Internet que tienen más o menos el mismo contenido. La Wikipedia dice:
El voto castigo, en el marco de unas elecciones democráticas, es el voto que se le niega al partido político apoyado con anterioridad, con el fin, de castigarlo por su mala gestión o desacuerdo con alguna de las políticas llevadas a cabo durante el mandato de ese partido.
La conclusión a la que llega Ernesto Garzón Valdés en el texto titulado “Instituciones suicidas” es que el mercado es suicida por su tendencia a la formación de monopolios. Pero ésta no es, en sí misma, una conclusión que sorprenda, pero sí lo es el camino que recorre para llegar a ella. El autor parte de dos justificaciones éticas que se le dan al mercado; las intuicionistas o deontológicas y las pragmáticas o consecuencialistas. En las primeras están las que consideran que los valores propios del mercado valen por sí mismos. El mercado no es el medio para obtener ciertos fines, sino el resultado de la aplicación de un procedimiento; “la práctica correcta de principios fundamentales como son los vinculados con la defensa de la propiedad y de la libertad”. Y cita dos argumentos, el primero es que “el mercado es bueno en sí mismo”; pues se basa en el consenso de todos los que participan en él, en la autonomía de la voluntad y la igualdad de las partes. El autor cita el teorema básico de la economía de bienestar:
Las interminables rondas de votación para elegir al nuevo presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación fueron tan aburridas como divertidos los comentarios en Twitter sobre dicha elección; que se decidiera en un volado, que en un juego de piedra, papel y tijeras, que en tiros de penales, etcétera. El doctor José Roldán Xopa llamó a la Corte una institución suicida y recomendó el texto “Instituciones suicidas” de Ernesto Garzón Valdés. En ese texto, el autor menciona como instituciones suicidas los casos de la democracia representantiva y el del mercado. En el primer caso, Garzón Valdés piensa que el propósito de la filosofía política es responder a la cuestión sobre la justificación racional de la existencia Estado. El autor cita los argumentos de los autores clásicos Hobbes y Locke, así como de los contemporáneos Buchanan y Nozick. Para Hobbes-Buchanan la seguridad es condición necesaria y suficiente para explicar la existencia del Estado. Para Locke-Nozick es, además, necesaria su justificación, y esta se basa en el consenso sobre las medidas que pueda tomar el Estado que afecten la propiedad privada de los ciudadanos. Por lo que en esta concepción, se puede lícitamente derrocar al gobierno.