May 24, 2009

Divago

El profesor Horacio Potel recomendó un enlace a un artículo del diario el país en Facebook. El artículo del filósofo Gianni Vattimo habla sobre el caso de Eluana Englaro y de como se da la lucha en la biopolítica entre quienes defienden el derecho al suicidio asistido en contra de los intereses de la iglesia católica. El autor concluye que “es la ocasión providencial -un momento de gracia- en el que me percato por fin de que la Iglesia como estructura histórica merece, evangélicamente, desaparecer.”

Los avances tecnológicos ahora permiten mantener la vida del sujeto aún cuando no muestra actividad mental y plantea nuevos dilemas morales sobre la decisión de la vida y la muerte. Aunque la eutanasia pasiva es aceptada -el mismo Karol Woityla, mejor conocido como representante de Dios en la tierra, pidió que no se le conectara a una máquina para mantenerlo con vida-, la eutanasia activa o el suicidio asistido es punible con una sanción que merece pena corporal,es decir; la pérdida de la libertad. El Estado no debería intervenir en la libre determinación de un enfermo terminal para poner fin a su vida. Albert Caraco se cuestiona sobre la falta de voluntad para venir a este mundo que puede ser subsanada con la decisión de la fecha, lugar y circunstancia de la propia muerte a través del suicidio.

La búsqueda de una vida placentera, nos lleva a también buscar una muerte pronta y sin dolor. De manera desafortunada el común de los mortales no contamos con el conocimiento técnico-científico para lograr esa meta, por lo que es necesario requerir los servicios de un especialista. El doctor no puede ayudar a cumplir la voluntad del enfermo sin recibir una sanción del Estado. Entonces se debe acudir a los tribunales para luchar por el derecho a la propia muerte.

Foucault fue el primero que habló del biopoder. La biopolítica representa un cambio de paradigma sobre la idea del hombre que más se presta para explicar estos novedosos problemas.

Durante miles de años, el hombre ha permanecido siendo lo que era ya para Aristóteles: un animal vivo y, además, capaz de una existencia política; el hombre moderno es un animal en la política cuya vida, en tanto que ser vivo, está en cuestión”

En la concepción aristotélica, el hombre habría superado la animalidad. Para Foucault, el hombre sigue siendo un animal. La existencia biológica se refleja en la existencia política.

La política de este animal se ocupa no sólo de lo que los griegos llamaban “bios” o su forma de vida, sino que también se ocupa de lo que los griegos llamaban “zoe” o su vida biológica.

El hombre occidental aprende poco a poco lo que significa ser una especie viviente en un mundo viviente, tener un cuerpo, condiciones de existencia, probabilidades de vida, una salud individual y colectiva, fuerzas que se pueden modificar…”

En este orden de ideas, la construcción del concepto “calidad de vida” implícitamente lleva consigo la preocupación por el cuidado de la salud, el medio ambiente o el monto de capital humano necesario para determinar la calidad de vida. Por lo tanto, una persona sin salud no tiene calidad de vida o es poseedor de una vida que no vale la pena ser vivida.

Bajo el paradigma anterior la política era pastoril y los ciudadanos eran un rebaño de ovejas a las que había que salvar. Según Foucault, el poder pastoril se define como el arte de conducir, dirigir, liderear, guiar, manejar y manipular seres humanos, un arte de perseguirlos, impulsarlos paso a paso, un arte que se encarga de los seres humanos colectivamente e individualmente a lo largo de sus vidas y en cada etapa de su existencia.

En contraste el paradigma de la biopolítica regula poblaciones a través de mediciones exhaustivas, obtención de datos estadísticos e intervenciones dirigidas a la totalidad del cuerpo social. La preocupación por la salud de la población contempla el uso de la fuerza -por ejemplo; obligarnos a no trabajar a causa de la influenza- y el derecho de matar con el mismo fin de proteger la salud -hubieran aprovechado para aumentar la cifra de muertos por la influenza y así justificar la paranoia gubernamental-.

© Jorge Ikeda 2018