June 14, 2012

Daniel Paul Schreber

Estoy leyendo El loco impuro de Roberto Calasso y estaba un poco perdido porque no he leído Memorias de un enfermo de nervios de Daniel Paul Schreber. Así que hice una búsqueda en google y accedí al estupendo blog de Eugenio Sánchez Bravo llamado “Aula de filosofía”. Daniel Paul Schreber era el Presidente de la Sala en la Corte de Apelación de Dresde en 1893 cuando fue puesto bajo tutela. Gracias a que en ganó un juicio en 1900 sale del psiquiátrico y logra publicar sus memorias. Así lo describe Eugenio Sánchez Bravo:

Intenten imaginar a un paciente grave en un manicomio a finales del s. XIX, sentado en un jardín invernal en estado catatónico. Desde fuera no es más que otro vegetal que tirita al viento y, sin embargo, en su fuero interno todo son explosiones, luces, rayos, viajes a las estrellas y batallas épicas contra ángeles, "hombres hechos a la ligera", almas corruptas, hombrecillos diabólicos y enfermeros sádicos."

Las Memorias de un enfermo de nervios fueron objeto de estudio por parte de Freud, Elias Canetti, Lacan, Deleuze y Guattari. Los estudios de los dos primeros acompañan la obra reseñada por Eugenio Sánchez Bravo. Según Schreber, el doctor Flechsig pretendía cometer el delito de “almicidio” convirtiéndolo en una mujer que abusaría de enfermos y enfermeros. De esta forma lo describe Calasso:

Así cuando una mañana Schreber sintió en su cama cómo "debía ser realmente hermoso ser una mujer que sucumbe a la cópula", una ciega máquina teológica se puso en movimiento, y su movimiento terminó por desarticular progesivamente no sólo al mismo Schreber, sino al orden del mundo y al profesor Flechsig: el viraje que desde ese instante se le aplicó a la "admirable estructura" de las cosas era irreversible, si bien su dirección era oscura."

Lo anterior ocurrió en un hombre que interpretaba literalmente la Biblia: “Él creo al hombre a su imagen; a imagen de Dios Él lo creó”, es decir, Dios creó al hombre a su imagen, no a la mujer.

La beatitud masculina se encontraba a un nivel más elevado que la beatitud femenina, la cual parece consistir esencialmente en un sentimiento ininterrumpido de voluptuosidad."

Cabe destacar que la clínica psiquiátrica universitaria de Leipzig era famosa porque el doctor Flechsig había introducido un nuevo método ginecológico para tratar la psicosis y la histeria en mujeres: la castración. Sólo en ese contexto se entienden los temores de Schreber; si el doctor Flechsig aplicara la castración, lo convertiría en mujer y abusaría de él.
Eugenio Sánchez Bravo lo describe de la siguiente manera:

Según Freud, el origen de la enfermedad de Schreber fue su incapacidad para asumir "una irrupción de libido homosexual" cuyo objeto era el Dr. Flechsig. Es habitual en la paranoia que el sujeto odiado haya sido en primer término alguien amado. El mecanismo paranoide no hace otra cosa que proyectar fuera de sí aquello que le produce culpa y vergüenza. Sin embargo, Freud no cree que el delirio de Schreber sea sólo expresión de su trastorno sino que también es la vía hacia la curación. Esta se produce cuando acepta su transformación en mujer y se pone al servicio de Dios para dar a luz a "hombres nuevos creados por el espíritu de Schreber". En este caso, la racionalización es perfecta, la libido homosexual no es aceptable cuando se trata de convertirse en la prostituta de Flechsig pero sí, en cambio, cuando se trata de servir sexualmente a Dios y salvar la humanidad.

Para Freud, los considerados “normales” disfrazan la libido homosexual y la proyectan hacia objetos socialmente aceptables como el hijo varón o la sana camaradería. Por algún motivo recordé a un folclórico personaje de la política mexicana apodado “el Peje” que es conocido por su odio hacia “el innombrable”. No quisiera pensar que “el Peje” no ha podido superar la “irrupción de libido homosexual” cuyo objeto de deseo es “el innombrable” y por esa razón no le es indiferente. La lectura que hace Canetti de la enfermedad de Shreber es totalmente distinta y Eugenio Sánchez Bravo la explica así:

Apunta Canetti que en los delirios de Schreber se halla contenida de forma clara la psicología del enamorado del poder político. Las características de este sujeto, cuyo modelo ejemplar fue Hitler, incluyen el deseo del fin del mundo pero con la condición de quedar como único superviviente, el diálogo directo con Dios, la conspiración racista contra el pueblo elegido (en este caso el ario) o el miedo y el desprecio hacia las masas siempre concebidas como una jauría enemiga. Canetti está convencido de que "la paranoia es una enfermead del poder", de que "un estudio de esta enfermedad en todos sus aspectos instruye sobre la naturaleza del poder con una integridad y claridad que no es posible alcanzar de otra manera"

Vale la pena mencionar que si el diagnóstico de Canetti fuera correcto, el enamoramiento del poder en Schreber fue anterior a la enfermedad de Hitler -y en su caso a la del Peje-. El deseo de Schreber de convertirse en mujer y procrear con Dios al “nuevo hombre” se explica, según Calasso, por la particular situación que se vivía en Alemania:

Para entenderlas es necesario regresar en el tiempo al menos hasta la Reforma, cuando los alemanes se habían convertido en "el pueblo elegido de Dios", cuya lengua Dios prefería utilizar. Este dominio de los Alemanes ciertamente le agrada al "dios superior" Ormuz, que se diferenciaba del "dios inferior" Arimán ante todo por atracción por los "pueblos de raza originariamente rubia (los pueblos arrianos)", mientras que a Arimán le atraían los "pueblos de raza originariamente morena (los semitas)": en efecto, la palabra "arriano" generalmente "servía para indicar la corriente nacional-alemana presente en una parte de las almas, corriente que quería conservar para el pueblo alemán la posición de pueblo elegido de Dios, en oposición a los intentos de catolización y eslavización a los que se dedicaba en otra parte de las almas.""

Schreber, en su locura, le escribía a Ormuz:

Dios superior de los muertos, eterno ladrón de las energías, me has hablado mucho en estos últimos tiempos con tus voces horrendas, me has saturado de horrenda palabrería como una vil hechicera y yo he reflexionado mucho, he aguzado mucho el oído para captar cada sílaba de tus torturas, y al final yo también tengo algo que decirte, aunque en pocas palabras. Escucha: yo ya sé que la palabra es tu único cuchillo, que tiene que cortar incesantemente mis nervios para defenderlos, para defenderte, para que no sientan un pou die volupte feminae (no te asombres: como verás yo también tengo mis signos, y no siempre son de puro cuño germánico, mi gran araña: ya no usaré tu robusta 'lengua fundamental', fiel, auténtica, de antigua linfa pura, de raíces descubiertas, y recojeré en cambio todos los desechos dela historia (...) Exigías a todos tus sujetos que se deshicieran lentamente en el tiempo, también a Goethe, también a Bismark -¿y qué es una identidad si no es eterna?-, mientras que tú te quedarías solo para masticar tu Ego sum y succionar a la vezel placer de los cadáveres. Recuerda, ahora soy yo quien lo hace, j'ensevelis les morts dans mon ventre, y si deseo morir es para que tú también mueras finalmente la muerte de cada grano de nervio, y no la falsa muerte de los espíritus, que continúan devorándonos desde sus tumbas."

© Jorge Ikeda 2018