July 20, 2012

La seguridad social como impuesto

Ronald Dworkin en el artículo “A Bigger Victory Than We Knew” del The New York Review of Books celebra la aprobación por un voto de diferencia (5-4) de la Affordable Care Act en la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos de América.
Dworkin comenta la marcada división entre los jueces liberales (Ruth Ginsburg, Stephen Breyer, Sonia Sotomayor y Elena Kagan) y los conservadores (Antonin Scalia, Clarence Thomas, Anthony Kennedy, Samuel Alito y el juez supremo John Roberts). El autor del artículo tiene presente que el juez Anthony Kennedy ha sido el fiel de la balanza al votar con los liberales en veinticinco ocasiones, pero no lo fue en esta ocasión. John Roberts, que nunca había votado con los liberales, decidió la cuestión en favor de la iniciativa del Presidente Obama. Los conservadores especulan en sus talk-shows que el juez Roberts era en realidad un liberal de clóset o que sufre un declive en sus facultades mentales. Dworkin comenta la versión de que el juez que preside el Tribunal Supremo podría estar preocupado por la creciente opinión de que la Corte Suprema de Justicia no es, en efecto, una corte de justicia, sino otra institución política sin más respeto que cualquier otra. (Ni quien piense eso en México, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha fallado en impartir justicia en los casos de Lydia Cacho, el swing vote de la ministra Luna Ramos en la inconstitucionalidad de las constituciones locales que sancionan el aborto y el más reciente triunfo de la opacidad sobre el derecho de información en el perdón del fisco por 74 mmdp.) La Affordable Care Act obliga a los estadounidenses a adquirir un seguro de médico con una pena para quien omita hacerlo, sanción que se descuenta cuando se solicita la devolución de impuestos. La administración de Obama argumentó que el financiamiento del cuidado de la salud era un problema nacional que no podía ser manejado de distintas maneras por cada estado y que este problema formaba parte de las facultades del gobierno federal para regular el comercio interestatal. También argumentó que otra de sus facultades era la de imponer impuestos.
Aunque el juez Roberts rechazó la primera razón argumentando que la cláusula del comercio no obligaba a la gente a adquirir un seguro médico, votó a favor porque se trataba de un impuesto. Aunque la juez Ginsburg le reclamó que si ya había considerado el acto válido, no debía expresar las razones por las que no lo consideraba un ejercicio de las facultades para regular el comercio. Roberts contraargumentó que no lo hubiera interpretado como un impuesto si lo hubiera considerado como un ejercicio de las facultades para regular el comercio. A Dworkin no le gustó la argumentación del juez Roberts cuando alegó que el Congreso tiene facultad para regular la actividad del mercado de seguros interestatal, ya sea fijando las primas que se deben pagar o prohibiendo las altas primas a los que ya están enfermos, pero no podía regular la inactividad; obligando a la gente a adquirir un seguro. Los jueces opuestos a la medida justificaron su oposición razonando que si el Congreso tenía la facultad de obligar a quienes no participan del mercado a participar en él, entonces la cláusula de comercio se convertiría en una fuente de poder ilimitado. Dworkin da la impresión de estar del lado de quienes opinaban que era más natural considerar el acto como un ejercicio de las facultades de regular el comercio interestatal que la más artificial ficción del impuesto. Roberts dijo que la cuestión no era si esa era la interpretación más natural del mandato, sino si ésta era una justamente posible. (No sé porqué me recordó la tonta excusa del Presidente Felipe Calderón de no buscar la reforma necesaria, sino la posible.) Dworkin alega que, por el contrario, la justificación del mandato se encuentra en la moralidad de la Constitución. Para Dworkin, la justicia en una comunidad política requiere que los riesgos más catastróficos de la vida económica y social sean compartidos. Piensa que todos deberían asumir su cuota de responsabilidad moral con sus conciudadanos, al tiempo que se protegen de su propia desgracia, contribuyendo a un fondo del cual se puedan beneficiar los desafortunados. Además defiende que si bien la norma constitucional está limitada por el texto, se debe interpretar buscando en ella los principios que la justican en la moralidad política. Dworkin reitera que se deben poner a prueba las leyes, no por la abtracta semántica del texto, sino preguntándose si esos estatutos respetan esos principios. A Dworkin le parece que el razonamiento del juez supremo contiene una “visión inconsciente”. El poder nacional de imponer impuestos no es sólo para financiar ejércitos y cortes, en opinión de Dworkin; “es un medio indispensable para la creación de una nación, indivisible, con justicia para todos.” Así que al final me quedó la impresión de que Dworkin estaba más molesto con la argumentación del juez Roberts que con la idea del impuesto. Cabe mencionar que Dworkin considera mucho más eficiente y racional el esquema británico en el que el gobierno nacional emplea médicos y hospitales, y los pone a disposición de quien lo necesita, que el sistema en el que cada quien paga lo suyo (single payer system). En el debate del costo de los derechos, tal parece que la cuestión no es si pagar o no pagar, sino cuánto pagar. La seguridad social es costosa y la comunidad terminará pagando el precio ya sea a través de aportaciones individuales o de impuestos o de deuda. Pero por muy loable que sea la idea de que los pobres no paguen y la subsidariedad se encargue del resto, ésto lleva a la indeseable conclusión de que por incosteables se deben suprimir los derechos de seguridad social. Debo reconocer mi error al considerar como inexistente a la seguridad social en Japón por ser privada. De hecho, la seguridad social comenzó siendo privada. Creo que me dominó la idea de pretender que se haga la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre. Como si los míos por ser propios fueran inexistentes a los ojos de cualquiera que sea el Dios de su devoción.

© Jorge Ikeda 2018