May 6, 2013

Un viejo conocido

Lo considerarán banal, o de una candidez extrema, pero me da mucho gusto encontrar una referencia a un autor no tan conocido en nuestra época en una obra como “Orlando”. Tal es el caso de Sir Thomas Browne. Virginia Wolf cuenta que Orlando, después de haber sido desairado por la rusa, frecuentaba la tumba familiar:

Era un sepulcro siniestro -socavado bajo los profundos cimientos de la casa como si el fundador de la familia, que había venido de Francia con el Conquistador, hubiera querido enseñar que toda la pompa se funda sobre la corrupción-"

Aunque la autora hablaba de la corrupción de los cuerpos, la frase queda perfecta a ciertas familias prosapia, con ascendientes de la clase política. Orlando hurgaba entre los huesos y se preguntaba de quién sería tal mano, tampoco distinguía si era la diestra o la siniestra.

¿Había cortado la rosa o empuñado el acero frío? ¿Habría? -pero aquí la imaginación fallaba o, lo que es más probable, le suministraba tantos ejemplos de lo que puede hacer una mano, que se sustraía, como siempre, a las omisiones (que constituyen la tarea fundamental del estilo) y la guardaba con los otros huesos, pensando que había un médico en Norwich, un tal Thomas Browne, cuyos trabajos sobre temas afines le placían singularmente."

Desconozco si las contundentes frases hayan sido así escritas por Virginia Wolf, o sean obra de la traducción de Jorge Luis Borges, pero son dignas de respeto y reverencia:

Entonces le pareció que la vida no valía la pena ser vivida. Olvidadizo de los huesos de sus mayores y de que la vida se eleva sobre un sepulcro, se quedó sacudido por el llanto, todo por el hambre de una mujer con bombachas rusas, ojos oblicuos, labios encaprichados y perlas en el cuello."

Después de la crisis de llanto, el protagonista vuelve a sus habitaciones y…

Orlando acercó su silla a la mesa, abrió las obras de Sir Thomas Browne y procedió a investigar la delicada articulación de uno de sus pensamientos más largos y más prodigiosamente intricados."

¿Qué tanto leía Orlando en las obras de Sir Thomas Browne? Uno pensaría que va a leer sobre anatomía y no a indagar sobre “la delicada articulación de uno de sus pensamientos”. ¿Cuál sería ese pensamiento?

Y de ahí, la autora nos remite a ciertos aspectos biográficos del personaje no sin dejar de advertir que “no son asuntos que un biógrafo pueda amplificar con provecho, los lectores capaces de construir con unas pocas indicaciones dispersas la entera circunferencia y el ámbito de una persona viva…”

Su afición por los libros era temprana. De chico, los pajes lo sorprendían leyendo a la media noche. (...) Orlando era un hidalgo que padecía del amor de la literatura. (...) La fatal naturaleza de ese morbo sustituía a la realidad de un fantasma, de suerte que a Orlando, a quien la fortuna había otorgado todos los dones -platería, lencería, casas, sirvientes, alfombras, camas en profusión-, no tenía más que abrir un libro para que esa basta acumulación se hiciera humo."

Si bien no podemos identificarnos con Orlando por los dones recibidos, si lo podemos hacer por su amor a la literatura. La autora destaca la mala fama de quienes teniendo riquezas se distraían en los libros.

Un apuesto caballero como él, decían, no necesitaba libros. Que dejara los libros, decían, a los tullidos y a los moribundos. Pero algo peor venía. Pues una vez que el mal de leer se apodera del organismo, lo debilita y lo convierte en una fácil presa de ese otro azote que hace su habitación en el tintero y que supura en la pluma. El miserable se dedica a escribir. Y si eso ya es bastante malo en un pobre, sin otra propiedad que una silla y una mesa debajo de una gotera -pues al fin de cuentas no tiene mucho que perder-, el trance de un hombre rico, que tiene casas y ganado, doncellas, burros y ropa blanca, y sin embargo escribe libros, es penoso en extremo."

De esta forma, cualquier escritor llega a la conclusión de ser tan miserable como Orlando.

Al cabo de una hora o dos de lectura de Sir Thomas Browne, cuando el bramido del ciervo y el canto del sereno proclaman el momento más hondo de la noche, y el sueño general atravesó el cuarto, sacó del bolsillo una llave de plata y abrió las puertas de un escritorio incrustado que había en el rincón."

© Jorge Ikeda 2018