January 24, 2014

Revolución

Lo que sucede en Michoacán debe ser motivo de preocupación nacional. El país ha transitado de la época de las bajas civiles consideradas como “daños colaterales” a la inmovilidad del ejército frente al intocable régimen de los derechos humanos. El ejército ha renunciado de facto a su facultad de garantizar la seguridad interior, y permanece como un espectador más de los combates entre las autodefensas y el grupo de la delincuencia organizada que se hace llamar “Los caballeros templarios”. -Lo infantil del nombre sería conmovedor, si no tuviera la extranjerizante influencia de los adolescentes estadounidenses que juegan a los caballeros y se inventan ritos que supuestamente tuvieron lugar en la edad media.- De antemano me disculpo por el uso excesivo de los adjetivos, pero adultos michoacanos jugando a los caballeros es más que ridículo, y que encima de sus calenturas juveniles anden amedrentando a la población es lamentable. En el centenario del ejército y fuerza aérea mexicana, el General Salvador Cienfuegos Zepeda solicitó al Congreso de la Unión un “un respaldo legal y jurídico claro para poder desarrollar sus labores” (Excelsior, “¿El general tiene quien lo escuche?”, 15/11/2013).
En esta entrada al blog, se comentaba sobre Günter Jakobs y de cómo consideraba al derecho penal del enemigo como un régimen de excepción frente al derecho penal ordinario que se le aplica al resto de los ciudadanos. Entiendo que el delito de delincuencia organizada es un régimen de excepción que ha sobrepasado los límites de la constitucionalidad con tal de defender la figura del arraigo, otrora considerada inconstitucional.
En aquel post también se citaba a Hobbes, para quien el enemigo es el individuo que incurre en el delito de alta traición, por el que renuncia a la sumisión y obediencia al soberano y vuelve al estado de naturaleza. Entonces es lícito privarle de la seguridad, vida y propiedades. José Gilherme Melchior, en su obra “Liberalismo viejo y nuevo”, describe como en el desorden que reinaba en Inglaterra en 1640 Hobbes se da cuenta que el principio del orden no derivaba ni de la naturaleza ni de la Gracia.

Tenía que ser un arte, la técnica tanto del derecho como del contrato social que permitía al Estado humillar por igual a los grandes facciosos y a los fanáticos religiosos, evitando que la sociedad cayera en el caos. En el frontispicio del Leviathan, el soberano gigante, "rey de todos los hijos del orgullo", lleva una espada y un báculo pastoral; tiene tanto el poder temporal como espiritual, puesto que debe contener por igual a una aristocracia guerrera y a las sectas carismáticas...

En ese sentido, el ejército debe contener tanto a las fuerzas paramilitares que representarían, valga la analogía, a la aristocracia guerrera, como a las sectas carismáticas, ya sean “caballeros templarios”, seguidores de la santa muerte o de Jesús Malverde. Y quisiera destacar la frase con la que Melchior concluye el citado párrafo: “A fin de proteger la libertas, la potestas debe mantener a raya a la religio moralista e intolerante.” Pero el término libertas también comprendía el poder económico, por lo que la potestas debe contener de la misma forma a la aristocracia beligerante o paramilitares. Numerosos medios de comunicación se han dado a la tarea de demostrar que los grupos paramilitares no son paramilitares, sino que se trata del mismo pueblo que ante el hartazgo de la violencia y complacencia, cuando no complicidad, de las autoridades, ha tomado las armas para defenderse.
Éste es el peor de los escenarios posibles, se estaría en la situación en que el poder original vuelve al pueblo de donde emana. El fenómeno de la violencia causada por la delincuencia organizada no está limitado a algunos municipios de Michoacán. El peligroso mensaje que el ejército envía es el de la justicia por propia mano. Ante la ficticia falta de facultades para intervenir, el ejército deja en los ciudadanos la facultad de mantener el orden y el derecho de portar armas de uso exclusivo del ejército y las fuerzas armadas, llevando la guerra a todos los municipios de Michoacán, como si el fuego purificador pudiera vacunar a la sociedad del peligro de la violencia por la delincuencia organizada. A eso se le llama revolución, y en su segunda acepción el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la define como un “cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación”.
Y todo esto es considerado como una situación mejor que la inmovilidad de la Autoridad, de la policía y del ejército. ¿El pueblo en armas reemplazará a las instituciones que no están funcionando? ¿No es eso una revolución?

© Jorge Ikeda 2018