February 12, 2014

Filosofía y futuro

En la obra Filosofía y futuro, Richard Rorty trata de delimitar cuál debe ser la función del filósofo en nuestra sociedad:

No nos queda más que cambiar el papel que los filósofos compartieron con los sacerdotes y los sabios y adoptar una función social que se parece más a la de un ingeniero o un abogado.

Tanto los sacerdotes como los sabios podían escoger sus temas, los filósofos contemporáneos, como los abogados o los ingenieros, “deben averiguar cuáles son las necesidades de los que les “encargan” su trabajo.” El autor critica la pretendida autonomía de la filosofía respecto a la política, la religión, la estética o la economía.

Mientras los filósofos no estemos dispuestos a aceptar una cierta desprofesionalización, a adoptar cierta despreocupación respecto de la cuestión de cuando hacemos filosofía y cuando no, la filosofía no desempeñará el papel modesto pero no obstante esencial que Dewey le asignó, y en consecuencia también fracasará en tomar en serio el tiempo.

Rorty, seguidor de John Dewey, dice que fue hasta el siglo XVI que los filósofos dejaron de preocuparse por la eternidad y comenzaron a “tomarse en serio el tiempo”. Dewey critica la imagen que Platón y Kant crearon de los filósofos como “sabedores que están consagrados a las necesidades ahistóricas absolutas” y Rorty retoma la concepción de Dewey sobre el surgimiento de la filosofía: “la filosofía surgió de un conflicto entre instituciones heredadas y tendencias coétaneas irreconciliables con ellas”. Así llega a la conclusión de que la función del filósofo es ser el barrendero de las palabras:

Su tarea es entrelazar antiguas y nuevas convicciones de tal manera que se puedan fertilizar mutuamente en lugar de obstaculizarse las unas a las otras. De manera parecida al ingeniero o al abogado, también se necesita al filósofo para resolver problemas específicos que surgen en situaciones específicas, concretamente en aquellas en las que el lenguaje del pasado entra en conflicto con las necesidades del futuro.

Rorty advierte de los peligros que los filósofos deben evitar: la escolástica, la vanguardia y el chauvinismo. El segundo de los peligros enunciados, es que los filósofos, lejos de verse como barrenderos de desechos o visionarios, se ven a sí mismos como revolucionarios y eso los convierte en vanguardistas.

Comienzan a explicarnos que nuestras esperanzas utópicas sólo podrán hacerse realidad cuando nuestro lenguaje y nuestra cultura se habrán transformado radicalmente, y que los filósofos son precisamente los más adecuados para encaminar dichas transformaciones.

Rorty critica de la filosofía analítica su preocupación por las “intuiciones” de los profesores de filosofía en lugar de ocuparse de “examinar la utilidad del vocabulario en que se formulan las esas ideas intuitivas”.

La negativa de hacerse cargo de esta tarea refuerza la convicción de que los problemas filosóficos son problemas eternos que sólo pueden ser analizados adecuadamente por una disciplina que trabaja con independencia de los cambios sociales y culturales. La negativa y la convicción mencionadas eran características de aquella fase en la historia de la filosofía que hoy calificamos como "escolástica decadente".

Y el tercer peligro es el chauvinismo, respecto a ciertos filósofos que consideran necesario crear “filosofía específica de cierto país o región”.

Cada Nación, dicen, necesita una filosofía propia para dar expresión a su peculiar e incomparable mundo de vida, como también necesita su himno y su bandera. Mas, si bien es cierto que los compositores de canciones y poetas pueden producir una literatura nacional útil, una literatura en la que los jóvenes puedan encontrar narraciones sobre el origen y la evolución de la nación a la que pertenecen como ciudadanos, dudo mucho que los filósofos puedan cumplir una tarea de este tipo.

Encuentro en Rorty una epistemología optimista, porque opina que se puede saber intuitivamente cuando se posee a la verdad o la veracidad:

La verdad es atemporal y eterna, sólo que nunca se sabe muy bien cuando se está en posesión de ella. La veracidad, en cambio, es temporal, contingente y frágil, como también la libertad. Sin embargo, podemos reconocer a ambas cuando las poseemos.

Aunque no me parece muy acertada la crítica que William R. Daros hace en el texto “Moralidad, el Yo y la solidaridad social posmoderna según R.Rorty” y que compara el optimismo de Rorty con el de Toffler, la CEPAL y la UNESCO;

...según los cuales la educación y el conocimiento constituirían la variable clave sobre la cual sería posible una transformación productiva con equidad, y una mayor solidaridad y bienestar para todos...

Ya que Rorty, en el mismo texto Filosofía y futuro, critica el supuesto cosmopolitismo de la UNESCO con respecto al mantenimiento del statu quo en defensa de una falsa diversidad cultural:

Fue esta clase de cosmopolitismo que en la década de 1940, cuando se fundó la UNESCO, conservó un silencio consciente y respetuoso frente al estalinismo y que hoy mantiene un silencio consciente y respetuoso ante el fundamentalismo religioso y los dictadores manchados de sangre, que aún siguen gobernando muchas partes del mundo.

Así como nuestro actual régimen priista que enarbola la bandera de los derechos humanos y voltea al otro lado cuando se trata de violaciones a los derechos humanos en Cuba, el Tíbet o China.

La forma más despreciable de dicho cosmopolitismo es la que da a entender que los derechos humanos están diseñados sólo para las culturas eurocentristas, mientras que para las necesidades de otras culturas resulta más adecuada una policía secreta eficiente que disponga no sólo de vigilantes de prisión y torturadores, sino también de dóciles jueces, profesores universitarios y periodistas.

Entiendo la crítica que se le hace a Rorty de una supuesta oposición a la teorización y que él a su vez teoriza, o que mencione la función de profetizar del filósofo y a la vez indique el peligro de la escolástica, en cuyas acepciones se encuentre la de profetizar, pero lo interesante de la propuesta de Rorty se encuentra en la visión global de la filosofía, opuesta, claro, a la chauvinista.

Alguien introducirá cuidadosa y pacientemente la política de orientación igualitaria en el lenguaje de estas tradiciones que siguen manteniendo obstinadamente la distinción entre los pocos razonables o inspirados y la masa confusa y sin concierto. Ese alguien nos tendrá que convencer que abandonemos nuestra costumbre de tomar las decisiones políticas sobre la base de la distinción entre aquellos que son como nosotros, personas pragmáticas, y aquellos miembros sospechosos de la especie humana como son los extranjeros, los infieles, los parias, las mujeres, los homosexuales, los mestizos, los desfigurados y minusválidos. Diferenciaciones de este tipo están imbricadas en nuestras tradiciones culturales y, por tanto, en los vocabularios que usamos en nuestras reflexiones morales. Por eso, la utopía sólo puede hacerse realidad cuando los pueblos de la Tierra hayan llegado a convencerse de que estas diferenciaciones de hecho no tienen peso alguno.

© Jorge Ikeda 2018