April 5, 2014

Fraternidad

En la obra Derechos Humanos: Historia y Filosofía, el autor, Mauricio Beuchot, se propone fundamentar la universalidad de los derechos humanos y escoge la vía de la universalización análoga, que “acepta las diferencia, pero congrega en una aceptable unidad”.

Algunos autores en la actualidad han abominado de la universalización. La ven como imposible, ilusoria, injustificada. Lo que se da es el individuo; y, con él, lo particular y lo diferente. Richard Rorty sostiene el particularismo, como resultado del cual llega al perspectivismo o relativismo. Derrida subraya la diferencia, y ve como empeño metafísico el querer homogeneizar o igualar, en lo cual consiste la universalización. Cerca de él caminan Lyotard y Vattimo, quejándose del esencialismo como adlátere de la universalización. Y la razón de fondo es que una universalización así arranca las diferencias y lleva a la igualdad impuesta y opresiva, como ellos aseveran.

En esta entrada al blog se discutía como el hombre es un análogo o limítrofe entre la naturaleza y cultura, y puede unir a ambos sin contradicción. Beuchot echa mano del mismo argumento para fundamentar la universalización de los derechos humanos.

La universalización analógica, que conduce al universal análogo, consiste en congregar cognositivamente varios elementos respetando sus diferencias principales. Es un tipo de universalidad ya iniciado por Aristóteles con su idea de la predicación o atribución pros hen, esto es, según algo uno que es primero, y que se realiza proporcionalmente en los sujetos que a los que se aplica.

Además Beuchot indica que su postura coincide con la de Adela Cortina en España y su concepto de los mínimos morales. Establece que la universalización analógica requiere del diálogo no sólo para unificar, sino para marcar las diferencias. El autor cita a Cortina:

Pluralismo no significa obviamente 'politeísmo axiológico', es decir, no significa que no haya entre los ciudadanos nada en común, sino todo lo contrario: precisamente el pluralismo es posible en una sociedad cuando sus miembros, a pesar de tener ideales morales distintos, tienen también en común unos mínimos morales que les parecen innegociables y a los que han ido llegando motu proprio y no por imposición.

Beuchot también cita a Jesús Ballesteros quien tiene una visión divergente de los derechos humanos. Para Ballesteros, el ideal de derecho subjetivo está impregnado de individualismo, o “del egoísmo que permea al liberalismo de todos los tiempos”. Desde su punto de vista, los derechos humanos así concebidos toman como modelo el derecho a la propiedad para establecer el derecho a la vida, a la libertad, a la salud. Ballesteros, citado por Beuchot, argumenta que la interconexión que a los derechos humanos les falta sólo se la podría dar la solidaridad. Y aunque Ballesteros señala la oposición entre la libertad e igualdad, Beuchot recalca la omisión del tercer valor de la Revolución Francesa: la fraternidad.

Por ello el igualitarismo y liberalismo modernos tienen pendiente la fraternidad, que es la única que podría contrarrestar el individualismo engendrado por el liberalismo y el competitivismo engendrado por el igualitarismo.

En mis clases de Filosofía Política con el doctor José Francisco Fernández Santillán, el profesor dibujaba un triángulo en el que en cada vértice escribía uno de estos conceptos; libertad, igualdad y democracia. Así como sus distintas combinaciones; liberalismo social, democracia social y liberalismo democrático. Aquí parece haberse sustituido la democracia con la fraternidad, pero no es así, por lo menos en lo que describe Beuchot:

El ansia de igualdad llevó a querer sobresalir; no se contentó el hombre moderno con ser igual a los otros, con la democracia, sino que ello le daba una base firme para procurar superar a los otros. Además, el ansía de libertad, que no se contentó con la libertad de pensamiento y de acción dentro de los límites del bien común, pasó a proclamar la libre empresa, el libre comercio y la libre competencia. La libre empresa ocasiona el poder de producir lo que se quiera, aunque no sirva a la comunidad; más aún, aunque se agote la tierra y dañe la ecología. El libre comercio ocasionó que el hombre deseara vender lo que quisiera, sin importar si se tratara de necesidades inducidas. La libre competencia ocasionó que se buscara destruir a los rivales, llevarlos a la bancarota o absolverlos. Todo ese individualismo carece de sentido de la solidaridad, que está asociada a la idea de fraternidad.

© Jorge Ikeda 2018