April 19, 2014

Morir de amor

Cuando leí Cien años de soledad era un adolescente calenturiento que descubrió en García Márquez un nuevo tipo de pornografía. En El amor en los tiempos del cólera por lo menos Florentino Ariza se acostaba con cuanta mujer tuviera oportunidad en lo que esperaba, como zopilote, a que muriera el esposo de su amada. Y así, hasta que en _Memoria de mis putas tristes _ el viejito añoraba con desvirgar a una doncella y cuando finalmente la madama le consigue una puta virgen, se pasa el rato conversando con ella. Ya no era el mismo García Márquez. Me imagino que cada una de sus obras tuvo su momento en la vida del autor que no necesariamente coincide con el interés del lector. Tal vez, si ahora releo El general en su laberinto o Noticia de un secuestro, los encontraré más interesantes. No sucedió lo mismo con Doce cuentos peregrinos o con La hojarasca, ésta tuve que leerla, no sin un gran gusto, para la clase de Eliana Albala en el CIDHEM. Sin haber leído toda la obra de García Marquez ni declararme su fan número uno, su muerte me afectó como te puede afectar la muerte de un conocido. Y aunque García Marquez no morirá del todo, la muerte de un inmortal te recuerda tu propia mortalidad. Omnia mors aequat En la obra La vida eterna, Fernando Savater cita a Freud para quien:

La muerte propia es, desde luego, inimaginable y cuantas veces lo intentamos podemos comprobar que seguimos siendo en ello meros espectadores. Así, la escuela psicoanalítica ha podido arriesgar el aserto de que, en el fondo, nadie cree en su propia muerte o, lo que es lo mismo, que en lo inconsciente todos nosotros estamos convencidos de nuestra inmortalidad.

En todo caso, argumenta Savater, habría que temerle a la vejez y no a la muerte. En El amor en los tiempo del cólera los protagonistas se aman en la vejez. Cuando vi la película La insoportable levedad del ser, me gustó que los protagonistas se mueren en la cúspide de su amor. En la novela de Milan Kundera se mueren de viejos. En Las bodas de Cadmo y Harmonía, Roberto Calasso dice que los griegos eran sensibles a esta paradoja. La palabra “telos” significa lo mismo “perfección” que “realización” o “muerte”.

Su intención es la paradoja griega sobre la felicidad: que sólo se consigue poseerla con la muerte. La felicidad es un carácter de la vida que exige la desaparición de la vida para existir. Si la felicidad es una cualidad total de un hombre, entonces hay que esperar a que la vida de ese hombre se realice con la muerte.

Creo que a eso se refería Garcia Márquez cuando en El amor en los tiempos de cólera asegura que: “Lo único que me duele de morir, es que no sea de amor”

© Jorge Ikeda 2018