May 4, 2014

Coatlicue

En la obra Vida de Fray Servando el autor, Christopher Domínguez Michael, narra como el 13 de agosto de 1790 trabajadores que remodelaban la plaza de armas (el Zócalo) descubrieron la Coatlicue. En diciembre de ese mismo año encontraron la Piedra del Sol, mejor conocida como el calendario azteca. El autor recurre a Eduardo Matos Moctezuma para quien ambas piedras representan “la ambivalencia novohispana hacia el pasado indígena.”

La Coatlicue era un monstruo y exhalaba rencor vivo, mientras que la Piedra del Sol, depósito del saber, complacía al patriotismo criollo, al grado que la empotraron en el muro de la Catedral, como ratificación de continuidad entre los hijos de los toltecas y los hijos de Carlos V, entre gentilidad y cristianismo.

En cambio, la suerte de la Coatlicue fue bien distinta:

La Coatlicue asustó a sus descubridores, que la arrumbaron en el patio de la Real Universidad y acabaron por enterrarla. En 1803 le permitieron verla al barón de Humboldt.

La Coatlicue “falda de serpientes” representa a la Tierra y es la madre de todos los dioses. Cuenta la leyenda que Coatlicue estaba casada con Mixcóatl “serpiente nube” y con él procreó 400 dioses. Cuando Coatlicue descubrió que su esposo era infiel, se lanzó contra los amantes y les arrebató la vida. Un día estaba Coatlicue barriendo el patio, muy quitada de la pena, y un colibrí dejó una bola de plumas color turquesa. Coatlicue guardó la bola de plumas entre sus faldas y cuando se dio cuenta, estaba embarazada. La hija mayor de Coatlicue, Coyolxauhqui, no se tragó el cuento de la bola de plumas y organizó a sus hermanos para limpiar el nombre de la familia y matar a la adúltera madre. Así que cortó la cabeza de su madre y por esa razón no tiene cabeza, sino dos serpientes que representan chorros de sangre y, por lo tanto, la vida. Pero en el mismo instante que mataban a su madre, nació Huitzilopochtli, el dios de la guerra, que ya venía armado y desmembró a su hermana y la arrojó a la luna. Los otros hermanos y hermanas que murieron se convirtieron en estrellas. En el ocaso, al caer Huitzilopochtli, el cielo se pone rojo porque el sol se está desangrando en la batalla campal, espontánea y desordenada, que libra en contra de sus hermanos.

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© Jorge Ikeda 2018