August 11, 2014

Breve comentario a un texto de Horacio Potel

En el sitio en internet de la revista reflexiones marginales aparece un texto de Horacio Potel titulado “Platón entre Deleuze y Derrida. Simulacro ¿o? Suplemento” en el que el autor comenta dos textos; uno de Gilles Deleuze titulado “Platón y el simulacro” y otro de Jacques Derrida titulado “La Farmacia de Platón”. Potel explica que el pensamiento de Nietzsche es una inversión del platonismo. Cita a Deleuze para quien la dialéctica de Platón no era la dialéctica de los opuestos, sino de los rivales: la copia y el simulacro.

La «verdadera» distinción platónica, no está entonces, para Deleuze, entre el original y la imagen sino entre dos tipos de imágenes: las copias (eikónes) y los simulacros (phantásmata). La copia no sería una simple apariencia ya que mantiene con la Idea como Modelo una relación interior espiritual, gnoseológica y ontológica. El simulacro por el contrario esta hecho de la materia del puro devenir, de lo ilimitado y por esto mismo opera contra la Idea, impugnando a la vez el modelo y la copia. La «buena» copia bien fundada se opone así a los malos simulacros que no respetan ni al fundamento ni a lo fundado. Por un lado la imagen que se somete a la Idea y por el otro la imagen que se rebela. «Se trata de asegurar el triunfo de las copias sobre los simulacros, de rechazar los simulacros, de mantenerlos encadenados en el fondo, de impedir que suban a la superficie y se “insinúen” en todas partes»

Hago este comentario con la salvedad de que Horacio Potel es un profesional y el que escribe estas líneas un aficionado (entiendo menos de la mitad de lo que el autor pretende explicar). Para Platón, la mujer bella participa de la idea de belleza, porque de otra forma no sería posible la comunicación. Pero el simulacro no sigue ese patrón, sino otro -y no me queda muy claro cuál-. Henri Lefebvre había rescatado de Nietzsche su crítica a la filosofía, que la filosofía occidental se había basado en la época decadente de la filosofía griega y que con la separación entre el mundo de las ideas y el mundo sensible le habían dado en la torre a la filosofía. En ese sentido entiendo la expresión de Potel sobre una cita de Deleuze en la que explica los regalos envenenados del Platonismo: “Y por supuesto haber abierto el camino para el triunfo de la filosofía de la representación, es decir la metafísica, que es ahora necesario invertir.”

Esta inversión consiste en privilegiar a los simulacros sobre las copias. Ya que «lo que está condenado en el simulacro es el estado de diferencias libres, oceánicas de distribuciones nómades, de anarquías coronadas, toda esa malignidad que pone en duda tanto la noción de modelo como la de copia»[15] Lo semejante es la copia, pero lo semejante sólo puede ser copia de lo idéntico. Entonces si la copia se define por la semejanza, el modelo solo puede definirse por la identidad: es Lo Mismo. El platonismo consiste entonces en una operación triple que instaura la representación: 1) establecimiento de un modelo (Lo Mismo) (regalo envenenado de la trascendencia), 2) selección de la semejanza, (La Copia), 2) borrado, expulsión de la diferencia (Lo Otro). Como para Platón las cosas sólo son en cuanto participan –se asemejan- a la Idea, los simulacros no son. Y no son, porque son aquello que no se asemeja al modelo, son los diferentes, las diferencias y en cuanto tales no pueden ser representadas porque ninguna esencia les corresponde en el mundo de las ideas ya que no participan del modelo de lo Mismo[16]. Y tampoco hay modelo de lo Otro, porque según Deleuze: ningún modelo resiste el vértigo del simulacro. No son, son copia de copia, máscara de máscara, «detrás de cada caverna, una caverna más profunda todavía – un mundo más amplio, más extraño, más rico, situado más allá de la superficie, un abismo detrás de cada fondo detrás de cada “fundamentación”»[17]. No son copias degradadas, son potencias positivas que niegan el original, la copia, el modelo y la reproducción.

Esto último no lo entiendo muy bien, pero pretendo darle a la primera frase una interpretación ad hoc que encaja muy bien con algo que recientemente se comentó en este blog. En su obra La literatura y los Dioses, Calasso dice que la “Ninfa es estremecida, oscilante, centellante materia mental de la que están hechos los simulacros, los eídola. Es la materia misma de la literatura.” Si se privilegia a los simulacros sobre las copias, se estaría de alguna manera privilegiando la literatura por encima de la búsqueda de la verdad. Porque si algo ha quedado claro con Calasso es que la mentira es mucho más bella que la triste verdad. Rorty lo explicaba así:

Platón concibió una educación orientada por la ciencia, mientras que Nietzsche concibió una cultura en cuyo centro estaría el arte, y en la cual reconocemos que son los poetas los que determinan nuestros objetivos mientras que los científicos simplemente suministran medios para alcanzar esos objetivos.

Pero como dije, es una interpretación ad hoc. Lo que explica Horacio Potel sobre cómo llega Derrida a la idea de la representanción a partir de la génesis de las estructuras ideales de Husserl me parece sumamente interesante.

Supongamos que la geometría es inventada por Tales. Supongamos que Tales se hubiera olvidado inmediatamente de su invención. Todo habría terminado para la geometría, a no ser que por algún azar surgiera otro inventor; supongamos que así acontece: para que no ocurra nuevamente el olvido es necesario que el inventor de la geometría inscriba en su memoria, copie, repita, re-presente, registre, su invención. Ahora supongamos que este hombre no haya tenido discípulos o no haya querido o podido trasmitir esa inscripción, esa copia interna con otro. Es decir no haya inscripto en otro, no haya repetido, no haya copiado, no haya dejado en el otro la huella de su invención, no haya re-presentado en un representante la invención: la geometría, entonces, se hubiera perdido nuevamente.

A través de la escritura, argumenta Potel, Tales ya puede morir tranquilamente. Por que la geometría transcrita por Tales ya no requiere de la mente de éste para existir.

Dejar una huella en general es siempre dejar constancia de nuestra desaparición, de nuestra muerte, porque desde que se traza un trazo, desde que se inscribe una huella, esa huella se me va, puede repetirse, me sobrevive, sobrevive, al instante de su inscripción y al supuesto autor-productor de la misma. No hay presencia sin huella ni huella sin muerte. Huella implica siempre repetición, ausencia, riesgo de pérdida, muerte. Por otra parte, el envío del otro implica un «retraso» este retraso, no posibilita sólo la pérdida o el robo o la falsificación del envío, su no llegada a destino, sino la posibilidad de la muerte del autor del mensaje. Y esta muerte es a la vez, la posibilidad de la vida del texto. La muerte abre la carta, la marca, abre la huella a la alteridad más indiscriminada y general, la sitúa en la peor de las intemperies y por eso mismo impide su llegada definitiva es decir su fin. La escritura es infinita porque la muerte la habita. La huella, el envío necesita no solo de su «autor» sino también de su destinatario, no es mensaje sin el otro, pero el otro, tampoco le es necesario al texto, su muerte también está inscripta en la estructura general de la escritura, que se convierte así en el trayecto infinito de una herencia, en el traspaso de un don que nunca puede hacerse presente, de un sentido que nunca puede ser apropiado, con lo cual la muerte es la condición de la vida o mejor de la supervivencia[23]. Supervivencia es un cuasi-trascendental[24] –como lo es suplemento, como lo es fármacon. Supervivencia es un fondo sin fondo, a partir del cual se configuran, se recortan, tratan de identificarse y entonces se oponen, eso que llamamos la vida pura y desnuda con la muerte pura y absoluta. «Esa supervivencia es encentada desde la primera huella […] eso […] vale […] para todo aquello con lo que está entretejido de arriba abajo, el tejido de la existencia viva. Tejido de pervivencia, como muerte en la vida o vida en la muerte, tejido que no viene a revestir una existencia más originaria, una vida o un cuerpo o un alma que existirían, desnudos, bajo esa ropa»[25].

© Jorge Ikeda 2018