September 8, 2014

Texto y contexto

En la obra Proust y otros ensayos, Samuel Beckett dice:

La individualidad es la concreción de lo universal, y cada acción individual es al mismo tiempo superindividual. Lo individual y lo universal no se pueden entender como formas distintas.

Esto me hizo recordar el fundamento filosófico que Mauricio Beuchot busca en el capítulo sobre América Latina de su obra Derechos Humanos: Historia y Filosofía y en éste concluye:

Lo particular aporta su granito de arena a lo universal. No se queda en lo puramente particular, pero tampoco se diluye en lo puramente universal.

Dentro de su propuesta del universal analógico, Beuchot pretende fundar lo universal desde la particularidad cultural. Para ello no basta filosofar desde Latino América o del contexto de lo latinoamericano, sino que persigue una síntesis entre la universalidad y la particularidad latinoamericana.

Si se pide que haya sólo contextualidad, será algo imposible de cumplir. Lo mismo si se pide que haya sólo textualidad, universalidad, aplicación indiferenciada a todos.

Por el mismo estilo de lo que sucede con la ley.

Texto y contexto, como la letra y el espíritu en la ley, se contrapesan: si sólo atendemos a la letra, cometemos injusticia; si sólo atendemos al espíritu de la ley, también; es necesario considerar con igual cuidado el texto de la ley y el contexto de su aplicación, las circunstancias en que se ha de hacer concreta.

Beuchot no concibe la universalización de los derechos humanos como la imposición de la concepción europea de éstos, por ello propone adoptar el pragmatismo de Peirce que estima la teoría y la praxis; y no el pragmatismo de Rorty que, según Beuchot, lo importante para él es que funcione la praxis aunque la teoría salga sobrando.

Lo que se está pidiendo es una universalización que no se dé por algo a priori, sino a posteriori, en un proceso de abstracción y de diálogo al mismo tiempo, en una dinámica de compartir la experiencia y elevarla a la teoría.

El punto de partida de Beuchot es el pensamiento indígena, al que no considera como occidental.

Se alega que muchos pueblos no exigen para su filosofía fundamentos racionales fuertes, sino mitos, apólogos, relatos llenos de sabiduría, y experiencia.

En contrapartida, Beuchot comenta que también los griegos habían depositado su sabiduría en dramas y tragedias, pero hicieron el esfuerzo de la teorización. Beuchot no deja de lado las violaciones a los derechos humanos que se dieron durante la conquista (hasta la fecha me da escalofríos la frase “Préstame un cuarto de un bellaco desos para dar de comer a mis perros hasta que yo mate otro”). Sin embargo Beuchot argumenta que a través de la empatía y la compasión se puede llegar a la universalización por una vía distinta a la abstracción intelectiva o al diálogo.

Lo importante es lograr esa universalidad requerida por los derechos humanos, y no unilateralizar el procedimiento para hacerlo; todos los instrumentos intervienen: la abstracción intelectiva, el diálogo discursivo, la empatía, la solidaridad, etc.

Así que propone partir del barroco y el mestizaje, cuando lo más duro de la conquista había ya pasado.

El barroco produjo un híbrido: el pluralismo (ni universalismo extremo ni particularismo extremo); con él tuvo que responder a las exigencias del momento. Ciertamente no lo podremos aplicar tal cual hoy en día, pero nos da algunos elementos paradigmáticos que nos pueden ayudar a plantear un nuevo humanismo como a los que se les planteó a los hombres del barroco. Ahora vivimos un caso similar, sólo que ahora no tanto un mestizaje de razas, sino de culturas, que requiere un pluralismo cultural y político.

© Jorge Ikeda 2018