September 10, 2014

La clave

Al profesor Ignacio Díaz de la Serna debo el apetito por la obra de Roberto Calasso. Fue en su clase de Arte y Filosofía que nos dejó leer La ruina de Kasch. Nos advirtió que con Calasso sólo había dos posibilidades; o es un tipo fuera de serie que cita fuentes en sáncrito o el tipo nos está tomando el pelo a todos. Me inclino por la primera posibilidad. Varios de sus libros se venden con el lema de que esa obra es “la clave” para entender el resto de su obra y termina el lector desilusionado por el engaño. A mi parecer, la clave se encuentra en su obra La literatura y los dioses. ¿Por qué los poetas escribían sobre los dioses? El autor se aventura por varias hipótesis; para parecer nobles, eruditos, exóticos o simplemente para parecer poetas. Sin embargo, reconoce Calasso; “hubo un tiempo en que los dioses no eran tan sólo un hábito literario”. Aparecían súbitamente como una gringa borracha en cualquier playa mexicana durante las festividades del spring break (eso no lo dice Calasso, es un comentario del autor del blog). El problema de los dioses es paradójico porque ya no tienen pueblo que celebre sus ritos y sólo habitan en los libros.

Porque en el ínterin todas las potencias del culto han emigrado a un sólo acto, inmóvil y solitario: el de leer.

Y este “fenómeno grandioso” por el que signos que pasan frente a los ojos en una pantalla o una página, y se transforman en el teatro de la mente es el acto de la lectura.

El teatro de la mente parece haberse dilatado, para acoger prolíficas hileras de signos en espera, incorporados en esa prótesis que es el ordenador. Sin embargo, con supersticiosa seguridad, todos los sortilegios y todos los poderes son atribuidos a aquello que aparece sobre la pantalla, no a la mente que elabora y que, ante todo, lo lee.

Para Calasso, no existe proceso tecnológicamente más avanzado que el que realiza la mente.

Esta gran escena a nada se parece tanto como a la vibrante extensión oceánica que los videntes védicos reconocían a la mente misma, manas.

Más adelante en esta obra, Calasso opina que Mallarmé hizo de la poesía una experiencia mental y critica a los seguidores de este último que ven en dicha actividad la reducción del mundo a la palabra.

El presupuesto de esta interpretación es el mismo postulado que rige en buena parte de nuestro mundo, que lo ayuda a funcionar, pero al mismo tiempo lo vuelve inepto para acoger buena parte de lo esencial. En su forma más concisa, tal postulado declara que el pensamiento es lenguaje. Pero nosotros no pensamos en palabras. Pensamos a veces en palabras. Las palabras son archipiélagos esporádicos y fluctuantes. La mente es el mar.

Para los visionario védicos; “todo lo que existe está compenetrado por dos potencias invisibles -“mente”, manas, y “palabra”, vac-, pareja de gemelos que tienen la característica de ser al mismo tiempo “igual”, samana, y “distinta”, _nana_“.

Hay empero un aspecto bajo el cual mente y palabra divergen drásticamente: la extensión. “Mente es mucho más ilimitada y palabra es mucho más limitada”. Estas dos entidades pertenecen a dos niveles distintos de aquello que es, pero para actuar con eficacia deben aparearse, uncirse. Por sí solas, mente y palabra son impotentes, o al menos insuficientes para transportar la ofrenda hasta los dioses. El caballo de la mente debe dejarse enjaezar con la palabra, con los metros; de otra forma se perdería.

© Jorge Ikeda 2018