September 11, 2014

La opinión de Nietzsche sobre el FCE

En verano impartí un curso de regularización de la materia Filosofía del Derecho a un sólo alumno. Un día el alumno no pudo asistir a la clase, por consecuencia le pedí que comprara el libro de Carl Joachim Friedrich y que estudiara el capítulo correspondiente a la clase. Aunque era uno de esos libros que antes el Fondo de Cultura Económica (FCE) imprimía como tortillas, estaba agotado. Pensé que la actual generación de estudiantes está en una peor situación que mi generación; los pocos libros en papel se agotan y las editoriales no sacan nuevas ediciones ni los publican electrónicamente. ¿Quién va a publicar esos libros si no lo hace el FCE? La discusión en torno al FCE empezó cuando Jesús Silva-Herzog Márquez criticó a José Carreño Carlón por organizar un debate en su calidad de director del FCE al que es su jefe, el Presidente de la República. Leo Zuckermann se fue a meter entre las patas de los caballos al opinar, en su columna del periódico Excelsior, que no se justificaba la existencia del Fondo, que todo el dinero que se destinaba a ese fin sólo beneficiaba a los ricos quienes, paradójicamente, eran los que más leían. La barbarie liberal de Leo Zuckermann casi le provoca el patatús a Silva-Herzog Márquez y mereció airados comentarios, ríos de tinta. Es un hecho que desde el 25 de agosto de 1900 Friedrich Nietzsche está bien muerto, pero gracias a ese invento llamado libro, y que el FCE tiene por objeto publicar, podemos conocer la opinión de Nietzsche al respecto. Roberto Calasso, en su obra La literatura y los dioses, cita la obra El futuro de nuestras escuelas de Nietzsche y resume de esta manera su postura:

El presupuesto de Nietzsche era éste: la institución educativa, que hubiera debido representar la cultura de entonces en su forma más severa y ejemplar -el ilustre liceo alemán-, era testimonio de un “estado de barbarie en las tareas asignadas a la cultura”. Detrás del espejismo progresista de la “cultura generalizada”, Nietzsche vislumbraba la feroz determinación del Estado -y, ante todo, del Estado alemán- de crear buenos dependientes. “La fabrica reina”, anotaba, en una fórmula en la que ya se anuncia el siglo siguiente. Ahí donde se afirma que la cultura debe servir, la soberanía ya no es de la cultura sino de la utilidad: “Basta comenzar a ver en la cultura algo que rinda utilidad; pronto se confundirá lo que rinde utilidad con la cultura. La cultura generalizada se transforma en odio contra la verdadera cultura”.

© Jorge Ikeda 2018