October 7, 2014

La violencia y la muerte

Este comentario fue retirado de la entrada anterior al blog para no trivializar un asunto tan grave, pero parece pertinente comentarlo en una entrada a parte. René Girard, en su obra La violencia y lo sagrado, habla del papel que juegan los dioses en la síntesis entre lo bueno y lo malo:

Existe un dios azteca, Xipe-Totec, cuyo culto deja especialmente manifiesto esta aptitud de la encarnación sagrada para ocupar todas las posiciones en el seno del sistema. A veces el dios se hace matar y desollar bajo las apariencias de la víctima que le sustituye, otras, al contrario, este mismo dios se encarna en el sacrificador; él es quien desuella a las víctimas para revestirse con su piel, para convertirse, en cierto modo, en ellas, y esto muestra claramente que el pensamiento religioso concibe a todos los participantes del juego de la violencia, tanto los activos como los pasivos, como dobles entre sí.

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Pero ahora, dice Girard, los muertos sustituyen a los dioses, y se pregunta: “¿porqué los muertos pueden encarnar el juego de la violencia con igual motivo que los dioses?”

La muerte es la peor violencia que puede sufrir un ser vivo; es, por consiguiente, extremadamente maléfica; con la muerte, penetra la violencia contagiosa en la comunidad y los seres vivos deben protegerse de ella. Aíslan el muerto, hacen el vacío a su alrededor; toman todo tipo de precauciones y sobretodo practican unos ritos fúnebres, análogos a todos los demás ritos en cuanto tienden a la purificación y a la expulsión de la violencia maléfica.

En medio de la vorágine de violencia irracional desatada en el país, se impone la necesidad de encontrar un sentido a tantas muertes. Quisiéramos pensar que sus muertes no fueron inútiles, que a partir de su sacrificio surgirá un nuevo México en el que se respete la vida y los demás derechos humanos. Pero lo mismo pensamos con cada masacre.

Sean cuales fueren las causas y las circunstancias de la muerte, el que muere se encuentra siempre respecto al conjunto de la comunidad, en una relación análoga a la de la víctima propiciatoria. A la tristeza de los supervivientes se une una curiosa mezcla de espanto y de alivio propicia a los propósitos de enmienda. La muerte del aislado aparece vagamente como tributo que se debe pagar para que la vida colectiva pueda proseguir. Muere un solo ser y la solidaridad de todos los vivos se ve reforzada.

Se levantarán altares, se erigirán monumentos y se darán discursos en los que se prometa no olvidar lo ocurrido. Los muertos juegan el papel de los dioses porque en ellos se encuentra la dualidad de la muerte y de la vida nueva de la comunidad. Tal parece, dice Girard, que la muerte misma fuera la divinidad. De manera análoga a la que los narcotraficantes han quitado al intermediario -los muertos- para adorar a la Santa Muerte.

En la muerte, pues, está la muerte pero también la vida. No hay vida en el plano de la comunidad que no hable de la muerte. Así, la muerte puede aparecer como la divinidad auténtica, el lugar en que se unen lo más benéfico y lo más maléfico. Eso es, sin duda, lo que quiere decir Heráclito cuando afirma: Dionisios es lo mismo que Hades. No podríamos admitir que un pensador de la talla de Heráclito pretenda únicamente recordar los vínculos aparentemente anecdóticos que unen a la mitología infernal a la de Dionisos. El filósofo reclama la atención sobre la razón de ser de estos vínculos.

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© Jorge Ikeda 2018