October 24, 2014

El porqué de la violencia

A partir de los lamentables acontecimientos del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, de donde desaparecieron 43 normalistas de Ayotzinapa, han surgido un sinfín de explicaciones sobre el porqué de la violencia. Desde la más inverosímil que asegura que los confundieron con miembros del cartel rival de “Los Rojos” hasta la más estúpida que asevera que la represión a los normalistas pretendía salvar la celebración del informe de la titular del DIF y esposa del Presidente Municipal. En un artículo de opinión titulado “La industria criminal en México” del diario El País, Guillermo Trejo explica que la delincuencia organizada requiere de una sociedad desarticulada para poder ejercer su dominio, entonces la represión contra los normalistas buscaba sembrar el terror para imponer la obediencia a las autoridades de facto. Hasta el momento es la razón que más se acerca a justificar lo injustificable. La hipótesis alternativa sería la de la irracionalidad de la violencia. Si Nietzsche viviera diría que no hay que preguntarse el porqué de la violencia, pues la violencia es el porqué. Una frase que invita a la reflexión, pero que no explica nada. Rene Girard en su obra La violencia y lo sagrado expone que cuando algo está fuera del dominio del hombre entra en el campo de lo sagrado.

Lo sagrado es todo aquello que domina al hombre con tanta mayor facilidad en la medida en que el hombre se cree capaz de dominarlo. Es, pues, entre otras cosas pero de manera secundaria, las tempestades, los incendios forestales, las epidemias que diezman una población.

Aunque Girard no se explica cómo el hombre sitúa su propia violencia fuera de sí mismo.

Una vez que lo han conseguido, sin embargo, una vez que lo sagrado se ha convertido en esta sustancia misteriosa que merodea en torno a ellos, que los embiste desde fuera sin llegar a ser realmente ellos mismos, que los atormenta y los brutaliza, un poco a la manera de las epidemias o de las catástrofes naturales, se encuentran confrontados por un conjunto de fenómenos heterogéneos para nosotros pero cuyas analogías son muy notables.

El hombre primitivo introdujo el sacrificio para detener la violencia. La catarsis del sacrificio consiguió, según Girard, atajar la propagación desordenada de la violencia e impidió el contagio. La violencia contra los normalistas de Ayotzinapa justifica la violencia de los protestantes que incendian los Palacios, y la causa de la causa es la causa de lo causado. ¿El sacrificio del gobernador Angel Aguirre detendrá la espiral de la violencia en Guerrero?

Una sociedad primitiva, una sociedad que no posea un sistema judicial, está expuesta, como he dicho, a la escalada de la venganza, a la aniquilación pura y simple que ahora denominamos violencia esencial; se ve obligada a adoptar respecto a esta violencia unas actitudes incomprensibles para nosotros. Siempre tropezamos con dificultades para entender las cosas por las mismas dos razones: la primera es que no sabemos absolutamente nada respecto a la violencia esencial, ni siquiera su existencia; la segunda es que los mismos pueblos primitivos sólo conocen esta violencia bajo una forma casi deshumanizada, es decir, bajo las apariencias parcialmente engañosas de lo sagrado.

© Jorge Ikeda 2018