November 23, 2014

La democracia elitista, el populismo y el modelo bobbiano de democracia.

El último día del Primer Congreso Internacional Norbeto Bobbio en Cuernavaca se presentó Pedro Salazar Ugarte, director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. En su ponencia presentó algunas tesis que se encuentran en el segundo ensayo de su obra Política y derecho, Derechos y garantías. Cinco ensayos latinoamericanos. Para el autor, America Latina ha optado por alguna de estas opciones: la democracia elitista o el populismo.

En la realidad latinoamericana han madurado dos alternativas de organización política aparentemente democráticas y opuestas entre sí: por una lado, en algunos países impera una tendencia hacia un modelo de democracia mínima o elitista, y por el otro, en otros Estados, en sentido opuesto, se consolidan regímenes populistas de supuesta o real ideología progresista.

Salazar Ugalde llama al primero democracia elitista y al segundo, progrepopulismo. Aunque ambas se consideran a sí mismas democráticas. El autor retoma la definición de Bobbio sobre los “universales procedurales” para saber si un régimen es democrático:

a) todos los ciudadanos mayores de edad sin distinciones deben gozar de derechos políticos; b) el voto de los ciudadanos debe tener un peso igual; c) todos los titulares de derechos políticos deben ser libres de votar siguiendo sus propias opiniones; d) todos los titulares de derechos políticos deben ser libres en el sentido de que deben estar en condiciones de escoger entre soluciones diferentes, es decir, entre partidos que tengan programas distintos y alternativos; e) tanto para la decisión como para las decisiones colectivas, debe valer la regla de la mayoría numérica; f)ninguna decisión adoptada por mayoría debe limitar los derechos de la minoría, en particular el derecho de convertirse a su vez en mayoría en igualdad de condiciones.

El problema radica en que las democracias elitistas han cumplido con estas reglas y, aún así, han caído en una situación de democracia delegada en la que las elites deciden por la mayoría. Para Joseph Schumpeter, citado por Salazar Ugalde, cuando el ciudadano entra en el campo de la política, desciende a un escalón de rendimiento mental, se comportan de manera infantil y su modo de razonar se vuelve asociativo y afectivo.

En ese sistema político -más allá de lo que estipule la teoría normativa-, los ciudadanos son simples espectadores del juego político y delegan -a través de su voto- la toma de decisiones y la acción de gobierno en manos de la elite gobernante en turno.

Schumpeter argumenta que los votantes deben respetar la división del trabajo y deben comprender que una vez que han elegido al político la toma de decisiones es cosa de él y no de ellos. Salazar Ugalde dice que algunos teóricos han llegado a encontrar virtudes en esta posición: como la política es una actividad difícil, los ciudadanos deben abstenerse de participar en ella.

La teoría schumpeteriana es democrática porque incorpora los “universales procedurales”, pero la teoría bobbiana -como veremos más adelante- incorpora otras instituciones que robustecen al sistema democrático y le otorgan un valor axiológico que el elitismo no contempla.

Como se mencionó anteriormente, el populismo también se considera democrático de un modo en el que simula la participación del pueblo pero en realidad las decisiones las toman los carismáticos líderes populistas. No deja de ser elitista, pero con un componente de simulación democrática.

Pero el PP tiene una impronta popular que carece la democracia elitista y, en esa medida, se adscribe a una concepción de democracia con ecos rousseauianos que desborda los universales procedurales bobbianos.

Aunque Salazar Ugalde cita el caso mexicano como un ejemplo de democracia elitista, la descripción que hace del populismo me recuerda el régimen de Graco Ramírez en el Estado de Morelos.

La tesis es que esas manifestaciones de adhesión popular al proyecto político del líder pueden ser auténticas y simbólicamente incluyentes, pero en la medida en que se anula la individualidad, cohesionan a los seguidores bajo la lógica schmittiana amigo/enemigo, inhiben la deliberación, acallan el disenso, niegan la legitimidad de las opciones y obsequian la autonomía política de los ciudadanos a favor de la voluntad heterónoma y clarividente del líder, no pueden adscribirse al proyecto democrático.

Se había dicho que a diferencia de la democracia elitista, la concepción bobbiana incorporaba un elemento axiológico, y éste es el respeto a los derechos humanos.

La democracia constitucional es un modelo de organización política que persigue dos objetivos analíticamente distintos: limitar al poder político y distribuirlo entre los ciudadanos sobre la base de una garantía efectiva de los derechos fundamentales de los individuos que integran la colectividad política.

En términos generales, Bobbio veía en la triada democracia, derechos humanos y paz, el objetivo a seguir. En el Congreso Internacional, Salazar Ugalde se cuestionaba que si México tenía un sistema formalmente democrático porqué no tenía paz. Y el punto de quiebre son los derechos humanos. Si no se respetan los derechos humanos, incluidos los derechos sociales menospreciados por la democracia elitista, no habrá paz.

Mientras que la democracia elitista produce la apatía del ciudadano, el modelo bobbiano se basa en la participación.

En ese modelo tienen mucha relevancia los órganos representativos de carácter colegiado y plural. De hecho, el gobierno madura en la sede parlamentaria y no en la silla de un presidente técnico o de un líder popular todopoderoso. Además, las teorías kelsenianas/bobbianas apuestan por una sociedad activa que se encuentra en constante comunicación con sus representantes y se organiza en diversas sedes para incidir en la vida social. Los representes operan en contextos en los que la pluralidad es legítima y está institucionalizada a través de partidos políticos por lo que es necesario recurrir a la negociación para lograr adoptar decisiones mediante compromisos pactados. Esta concepción de la democracia no es compatible, entonces, con la idea del ciudadano apático y desinteresado que delega la responsabilidad de adoptar decisiones al gobernante en turno ni con la idea del pueblo movilizado, pero sin capacidad de incidir en el contenido y rumbo de las decisiones. Éstas son el producto de negociaciones y compromisos entre las aspiraciones y los intereses de una ciudadanía legítimamente plural.

© Jorge Ikeda 2018