January 6, 2015

Instituciones suicidas

Las interminables rondas de votación para elegir al nuevo presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación fueron tan aburridas como divertidos los comentarios en Twitter sobre dicha elección; que se decidiera en un volado, que en un juego de piedra, papel y tijeras, que en tiros de penales, etcétera. El doctor José Roldán Xopa llamó a la Corte una institución suicida y recomendó el texto “Instituciones suicidas” de Ernesto Garzón Valdés. En ese texto, el autor menciona como instituciones suicidas los casos de la democracia representantiva y el del mercado. En el primer caso, Garzón Valdés piensa que el propósito de la filosofía política es responder a la cuestión sobre la justificación racional de la existencia Estado. El autor cita los argumentos de los autores clásicos Hobbes y Locke, así como de los contemporáneos Buchanan y Nozick. Para Hobbes-Buchanan la seguridad es condición necesaria y suficiente para explicar la existencia del Estado. Para Locke-Nozick es, además, necesaria su justificación, y esta se basa en el consenso sobre las medidas que pueda tomar el Estado que afecten la propiedad privada de los ciudadanos. Por lo que en esta concepción, se puede lícitamente derrocar al gobierno.

Dicho con otras palabras: en el primer caso, de lo que se trata es más bien de una explicación del surgimiento del Estado que funciona también como razón justificante. En el segundo, se introduce una distinción relevante entre explicación y justificación. En el primer caso, la atención se centra en la mera existencia del Estado; en el segundo, en su existencia éticamente aceptable.

En Hobbes, los hombres recurren a la formación del Estado por razones prudenciales y esperan, de esa manera, maximizar sus propios intereses. El autor plantea el problema del comportamiento parasitario, es decir, nadie o nada garantiza que, en la persecución de los propios intereses, algunos individuos aprovechen la doble ventaja de beneficiarse del cumplimiento de los otros sin cumplir ellos con su parte. Actualmente, el ejemplo más claro es el de las armas, mientras que en los Estados Unidos de América cualquier ciudadano tiene el derecho de tener, poseer o transportar armas, en México es un derecho limitado a ciertos calibres y sólo las pueden tener en su casa. Por lo que la delincuencia organizada se aprovecha de la doble ventaja de poseer y transportar armas, mientras que los ciudadanos tienen prohibido portarlas. Para Georg H. von Wright, citado por el autor, la acción parasitaria pone de manifiesto que la justicia y la moralidad carecen esencialmente de justificación utilitarista.

Si se acepta la posición ética que aquí he propuesto, no cuesta mucho admitir también que la justificación éticamente aceptable de una forma política es aquella que procura conciliar la autonomía personal con la convivencia de seres iguales. La tarea de la ética política consistiría en justificar, desde una perspectiva de imparcialidad y con normas universalizables, todo apartamiento de la libertady la igualdad.

La justificación éticamente aceptable en nuestro ejemplo sería, de acuerdo con el dicho popular; o todos coludos o todos rabones. Es decir, o se les permite a todos por igual portar y poseer armas, o se garantiza que sólo las fuerzas armadas las tengan y las porten. Sólo de esa manera se alcanzaría la conciliación entre libertad e igualdad o, en otras palabras, la conversión de la libertad natural en libertad política. Pero, de acuerdo con el autor, la libertad política en el sentido fuerte sólo sería posible en un orden en el que todos obedecen las normas que cada cual esté dispuesto a darse.

La libertad de la democracia fue sometida a una restricción adicional al aceptarse como legítimas las decisiones de la mayoría y éstas fueron reemplazadas, en virtud de la impracticabilidad de la democracia directa en sociedades numerosas, por las decisiones de la mayoría parlamentaria.

Dado que la democracia directa es imposible en grandes extensiones territoriales o en grandes poblaciones, la democracia representativa se presta a la ficción de que las decisiones por mayoría son decisiones de todos. Además se recurre a la figura de la moderna división del trabajo; dado que no todos se pueden dedicar a tan complejas tareas, se delegan en los representantes.

Pero, por otra parte, como se desea conservar la apariencia de que, en el parlamento se expresa inquebrantablemente la idea de la libertad, se recurre a la ficción de la representación, a la idea de que el parlamento es tan sólo un representante del pueblo y que en el parlamento el pueblo expresa su voluntad, a pesar de que en todas las constituciones liberales se acepta el principio del mandato libre del representante, es decir, su no sujeción a instrucciones por parte de los representados. Esta independencia del representante con respecto a los representados es lo que distingue al parlamento moderno de las antiguas representaciones estamentales en donde existía el sistema del mandato imperativo.

El autor cita a José Luis Aranguren, para quien la representación es un sucedáneo de la imposible democracia directa. La ficción funciona siempre y cuando se den dos condiciones; que se mantenga la vinculación entre representados y representantes, y que el acto de votar no se convierta en un acto aislado en la concepción de la vida democrática. Bajo la advertencia de caer, en lo que se ha caído, en el parlamentarismo o en la partidocracia. La representación pretende justificar el parlamentarismo a partir de la soberanía popular. Las decisiones del parlamento, argumenta el autor, fueron consideradas como expresión de la soberanía popular. El autor cita a Burke, para quien el parlamento no era el encuentro de embajadores de distintos intereses, sino la voz de una nación con un interés, el de todos. Pero la idea del representante con mandato libre choca con esta ficción, porque el parlamentarismo no garantiza la autonomía de la voluntad, sino que impone la voluntad de la mayoría, o de una minoría si se considera el número de los representantes frente al grueso de la población.

Si el parlamento es soberano y deben aceptarse sus decisiones tomadas por mayoría, toda restricci6n a sus poderes es lógicamente imposible. Esto es lo que ha sido llamado la «paradoja de la democracia» o la «paradoja de la libertad».

¿Cómo suponer que el parlamento va a respetar las restricciones que los derechos humanos imponen si es soberano? El autor también cita a Karl Popper para quien el principio de la regla de la mayoría es incompatible con el principio de la soberanía.

Por una parte, el principio que ellos adoptan les exige que se opongan a toda regla Como no sea la de la mayoría y, por lo tanto, a una tiranía; por otra, el mismo principio les exige aceptar toda decisión adoptada por mayoría y, así, la regla del nuevo tirano [que la mayoría pueda haber decidido establecer…]

Garzón Valdés parte de dos argumentos para postular la tendencia suicida del parlamento; por una parte la relación entre democracia y soberanía, y por otra, la democracia y el comportamiento parasitario. En la primera, como se analizó, más que un problema se trata de un dilema, un problema sin solución. En la segunda relación, un actor racional pretende maximizar sus beneficios y minimizar sus costos. En el comportamiento parasitario, algunos actores maximizan su beneficio al no limitarse como los demás. Con el apetito de obtener los mayores beneficios, las mayorías maximizan su poder, sin violar el procedimiento democrático. En las personas, esta hambre insaciable produciría obesidad, por lo que el autor denomina el fenómeno como el “peligro de la obesidad mayoritaria”. Garzón Valdés enuncia en su artículo varias variantes del mismo problema; el “despotismo elegido” de Macaulay, el fenómeno de la no decisión estudiado por Bachrach y Baratz, etcétera. Pero hay una cuarta enunciación que proviene de la corriente denominada “Estudios críticos de derecho” que sostiene que “los valores expresados por la mayoría legislativa constituyen siempre una coerción para quienes no los comparten”. El proceso legislativo imparcial es imposible, porque a decir de Unger; otro autor citado por Garzón Valdés:

Primero, el procedimiento es inseparable del resultado: todo método vuelve más probables ciertas elecciones legislativas que otras. […] Segundo, todo sistema legislativo implica ciertos valores; incorpora una concepción de cómo debe ser distribuido el poder en la sociedad y cómo deberían ser resueltos los conflictos.

Y la conclusión me sorprendió bastante: “La consecuencia que infiere Unger es que en un sistema liberal democrático representativo, la rule of law es a la vez necesaria e imposible.”

© Jorge Ikeda 2018