January 8, 2015

El mercado como institución suicida

La conclusión a la que llega Ernesto Garzón Valdés en el texto titulado “Instituciones suicidas” es que el mercado es suicida por su tendencia a la formación de monopolios. Pero ésta no es, en sí misma, una conclusión que sorprenda, pero sí lo es el camino que recorre para llegar a ella. El autor parte de dos justificaciones éticas que se le dan al mercado; las intuicionistas o deontológicas y las pragmáticas o consecuencialistas. En las primeras están las que consideran que los valores propios del mercado valen por sí mismos. El mercado no es el medio para obtener ciertos fines, sino el resultado de la aplicación de un procedimiento; “la práctica correcta de principios fundamentales como son los vinculados con la defensa de la propiedad y de la libertad”. Y cita dos argumentos, el primero es que “el mercado es bueno en sí mismo”; pues se basa en el consenso de todos los que participan en él, en la autonomía de la voluntad y la igualdad de las partes. El autor cita el teorema básico de la economía de bienestar:

La primera parte de este teorema afirma que todo equilibrio competitivo es Pareto-óptimo. Es lo que suele ser llamado «teorema directo». La segunda parte del teorema afirma que todo lo que es Pareto-óptimo es un equilibrio competitivo (teorema converso). El teorema converso señala la posibilidad de que, si se obtiene una correcta distribución inicial de recursos, se logra el mejor estado de cosas a través del mecanismo del mercado, sin necesidad de recurrir a intervenciones políticas.

Garzón Valdés cita a Buchanan para quien la suboptimalidad del mercado en el estado de naturaleza es la justificación moral del establecimiento de las instituciones políticas.

Los individuos que participan en él pueden ser desiguales por 10 que respecta a su riqueza y fortaleza pero son iguales en el intercambio mismo, desde el momento en que existe acuerdo acerca de la estructura de los derechos individuales.

No habría ningún problema si todos respetaran los derechos de propiedad de los demás, pero como existe la tendencia a maximizar los propios intereses y a no reconocer los derechos de propiedad, y la complejidad aumenta por el número de participantes.

Además, las relaciones competitivas entre un gran número de seres cuyo comportamiento está guiado por motivaciones egoístas son in- capaces de crear aquellos bienes que requieren la cooperación de todos.

Entonces surge el Estado político encargado de hacer valer las reglas del mercado. El segundo argumento dice que el mercado es el resultado de la aplicación de un procedimiento; el mercado es bueno porque se llega a él como consecuencia del derecho de cada quien a disponer de su propiedad.

En este caso, el mercado es el resultado del ejercicio de derechos bási- cos de la persona. Esto presupone que existen reglas para la adquisición y transmisión de la propiedad cuyos resultados tienen que ser aceptados, no tanto porque ellos sean buenos, sino porque las reglas son correctas. Cuando ellas no han sido respetadas, es posible introducir correcciones. El resultado es el llamado «Estado mínimo», no redistributivo.

Dentro de las justificaciones pragmáticas, Garzón Valdés enuncia cuatro; la bondad económica del mercado, la conciliación entre los bienes particulares y el interés público, Mercado y libertad de elección, y libertad económica y libertad política. La bondad económica del mercado deviene de la incapacidad de producir todos los bienes para la supervivencia, por lo que tiene una importancia moral por las utilidades que generan. De la bondad económica se deriva la bondad moral. El autor retoma el teorema de R.Coase para reforzar este argumento.

Según este teorema; en un mercado libre, sin costos de transacciones, se obtiene una asignación óptima de los recursos, inde- pendientemente de la asignación originaria de los derechos de propiedad. La distribución de los derechos no crea ninguna diferencia por lo que respecta a la optimalidad del mercado y esta distribución es indiferente para la fomulación de políticas.

Según Coase, no se trata de cómo reprimir a A si le causa un daño a B, sino de evitar el daño o procurar un daño menor. Y la otra cita de Garzón Valdés a Coase tiene muchas otras implicaciones:

Si los factores de producción son pensados como derechos, es más fácil entender que el derecho a hacer algo que tiene efectos perjudiciales (como la producción de humo, ruido, olor, etc.) es también un factor de producción.

Garzón Valdés equipara el teorema de R.Coase a la de la eficiencia. Si una fabrica contamina, la instalación de filtros para evitar la contaminación cuesta 100 y la multa 90, es obvio que paga la multa, pero qué sucede si las máscaras para la población afectada cuestan 40. Surge la cuestión de las externalidades que afectan a terceros ajenos a la transacción. Si la población tuviera el derecho de reclamar 200 por la contaminación de la fábrica, seguramente instalaría los filtros. Por otra parte, Si tuviera el derecho de reclamar los daños a mis amigos fumadores, o dejarían de fumar o me quedaría sin amigos. Ocurre lo mismo con la industria contaminante. El argumento de la conciliación entre intereses particulares y el bien público sostiene que los individuos en la persecución de sus intereses egoístas obtienen algo no deseado; el bien público. El argumento del Mercado y la libertad de elección postula que de manera análoga a la que se da en el intercambio de derechos de propiedad, las personas eligen entre diferentes planes de vida y resuelven libremente cuál es el más adecuado de acuerdo con sus posibilidades.

No se trata de igualar a las personas en el grado de satisfacción del plan de vida elegido, sino de que cada cual sopese por sí misma la satisfacción que está dispuesta a afrontar.

Es una concepción de la libertad negativa que no toma en cuenta la libertad positiva.

La conciliación del egoísmo individual y del bienestar general sería, pues, posible si se asegura la realización del Estado de derecho que estaría basada en la imposición de deberes negativos, es decir, en la defensa de la libertad negativa.

El argumento de la libertad económica y la libertad política establece que la libertad económica, asegurada por el mercado libre, es un medio indispensable para alcanzar la libertad política.

Si la democracia es la forma de gobierno que garantiza el mayor ámbito de libertad individual posible en un contexto social. es obvio que existe también una relación directa entre mercado y democracia: todo intento de intervención en el libre juego del mercado afectaría negativamente a la democracia.

La denominada “crítica neoliberal” sostiene que el fracaso del Estado es una consecuencia fracaso del mercado, es decir, que el mercado fracasa por las limitaciones impuestas por la planificación social de esquemas redistribucionistas.

Luego de enunciar todas las bondades de estas justificaciones, Garzón Valdés elabora un análisis crítico de las justificaciones éticas del mercado. Por ejemplo; hay situaciones de equilibrio competitivo que son insostenibles desde el punto de vista ético.

La aplicación consecuente del criterio del consenso fáctico tiende a la autodestrucción de la libertad individual, que era justamente el punto de partida de esta justificación deontológica del mercado.

Se me ocurre un ejemplo del que fui testigo. En un condominio donde tengo un departamento que rento, ocurrió un robo de unas llantas de una camioneta. Los condóminos afirmaban que las llantas no podrían haber salido del condominio, por lo que se podrían de acuerdo para solicitar a todos los condóminos que les permitieran inspeccionar sus departamentos y el que se negara sería considerado sospechoso. El autor sostiene que el teorema directo también plantea problemas con respecto al valor de la igualdad. Por otra parte, el teorema converso no presenta problemas en el punto de partida, pero pueden surgir como consecuencia alguna distribución post-producción. Y aún en ese caso, no hay una idea clara de cuál debería ser la distribución correcta inicial.

Un mercado que funcionase exclusivamente sobre la base de la aplicación del teorema converso terminaría destruyéndose a sí mismo, al ir provocando la expulsión de quienes ingresan en el mercado con una deficiente dotación de bienes.

En el caso de la justificación que Garzón Valdés equipara a la de Nozick, aún cuando los individuos no lo quisieran, se produciría un Estado no redistributivo.

La explicación de este proceso genético se basa en la acción de la llamada mano invisible que guía a las personas, a través de asociaciones protectoras que funcionan como compañías de seguros que defienden a sus clientes frente a ataques de terceros, hasta el Estado mínimo que, de facto, aunque no de iure, detenta el monopolio de un poder adquirido sin violar el principio moral de la autonomía individual, gracias al principio de indemnización material a quienes se niegan a renunciar a su derecho a practicar la justicia privada.

En el largo plazo la intención libertaria de Nozick provocaría, según Garzón Valdés, una consecuencia no deseada: el Estado social de derecho.

A la larga, de esta constelación de Estado y ciudadanos no habrá de surgir ninguna legitimidad ya que en toda formación estatal legítima, están claramente definidas las posibilidades de ingerencia institucional; en cambio, en un poder de facto, se borran los límites entre lo constitucionalmente permitido y las posibilidades situacionales de conformación política. Esto coloca a los afectados en una situación de gran inseguridad, ya que los ciudadanos carecen de una instancia a la que pudieran recurrir en caso de ataques del Estado.

Sobre el postulado que sostiene que a menor Estado, mayor libertad individual; Garzón Valdés cita a Durkheim, para quien «Plus I’État est fort, plus l’individu est respecté». Sobre los enfoques pragmáticos, el autor también tiene sus críticas:

La versión de Coase conduce a ignorar el principio liberal en el que con tanto vigor insistiera Mill, es decir, el principio de daño a terceros. La tesis de Coase afirma que si la distribución de derechos no afecta la optimalidad del mercado, entonces es indiferente para la formulación de políticas quién sea el autor del daño originario.

Respecto a la conciliación entre los intereses individuales y el bien público, el autor argumenta que éstos sólo se dan bajo condiciones ideales imposibles de alcanzar:

En los mercados reales, no se dan estas condiciones idealizadas: los costos de las transacciones no son nunca iguales a cero sino que hay que tener en cuenta los costos de comunicación, información y de control jurídico.

Ni la comunicación es perfecta, ni los agentes económicos que participan en la formación del Estado son racionales.

Y hay que tomar en cuenta, desde luego, la cuestión de las llamadas externalídades, es decir, de los efectos negativos o positivos con respecto a terceros que no participan en una transacción. La existencia de estas externalidades parece requerir una intervención del Estado mucho más amplia que la que podría aceptar un defensor neoliberal del mercado.

Las externalidades también afectan la creación de bienes públicos, el autor cita a Carlos S. Nino, para quien:

Todas estas fuentes de ineficiencias del mercado parecen justificar una amplia intervención estatal. para superar los costos de transacción, superar la falta de información, reprimir los monopolios, establecer límites a la acción mediante penas, impuestos o servicios públicos para impedir los efectos de las externalidades posítívas y negativas y permitir la provisión de bienes públicos…

La oposición del autor a equipar la elección de planes de vida con el mercado tiene dos vertientes; la necesidad y los problemas inherentes a un sistema de precios, y la capacidad adquisitiva de las personas.

La insistencia unilateral de Friedman o de Machan en el valor de la libertad negativa se basa en la creencia de que sólo existen deberes negativos y que todo deber positivo implica la imposición de un acto supererogatorio. Pero, cuando la libertad negativa no va acompañada de la libertad positiva, aquélla termina siendo impotente para garantizar la autonomía de la persona.

Y finalmente, sobre la analogía entre democracia y mercado, el autor piensa que es falso sostener que el mercado sea condición suficiente para que exista la democracia, y cita los casos de China, de Chile bajo la dictadura de Pinochet, entre otros.

No se trata, pues. de aceptar las justificaciones deontológicas del mercado sino de admitir. dentro de las justificaciones pragmáticas, su relevancia para la democracia representativa. Lo que me importa subrayar es su valor instrumental, de la misma manera que la democracia representativa tiene un valor instrumental con respecto al respeto de la autonomía y la igualdad individuales.

Sobre las tendencias suicidas del mercado, el autor cita a Walter Eucken, quien aunque no habla sobre el tema, contradice algunos de los postulados de economistas contemporáneos; 1) tanto los consumidores como los productores procuran posiciones monopólicas, 2) la tendencia a la creación de monopolios también tiende a “anular el esfuerzo individual para lograr un mayor rendimiento”, 3) “La libertad incontrolada del mercado tiende a destruir la libertad individual”.

Si se admite, pues, que el mercado es condición necesaria de la democracia y se acepta también como verdadera esta tendencia del mercado a su autodestruccíón en virtud de la proclividad a la creación de monopolios, nos encontramos ahora con la nada alentadora comprobación de que las tendencias suicidas de la democracia resultan reforzadas.

© Jorge Ikeda 2018