February 13, 2015

La marca del editor

En la obra La marca del Editor, Roberto Calasso describe al editor como autor de un libro único. La marca del editor, lo distintivo de un sello editorial, fue dejada por varios editores como Giulio Einaudi (Italia), Luciano Foà (Italia), Peter Suhrkamp (Alemania) o Vladimir Dimitrijevic (Macedonia).

En el fondo, este proceso peculiar, por el que una serie de libros pueda ser leída como un libro único, ya ha sucedido en la mente de alguien, por lo menos de esa entidad anómala que está detrás de cada libro en particular: el editor.

En el caso de la editorial Adelphi, su editorial, se pone especial atención en la forma, para publicar los libros más bellos del mundo. Su modelo es la obra Hypnerotomachia Poliphili, “Batalla de amor en un sueño”, editado en 1499 por el veneciano Aldo Manuzio y al que Calasso se refiere como “el libro más hermoso que se haya publicado hasta nuestros días.” Lo extraño es que el libro está escrito en un lenguaje imaginario; “compuesto sólo de mezcolanzas e hibridaciones de palabras italianas, latinas y griegas…” Calasso atribuye a Manuzio ser el primero en concebir la edición como forma. Y aunque se podría pensar que en su editorial no se preocupan por el contenido, es todo lo contrario; Calasso critica a editores como Giulio Einaudi quien ni siquiera leía lo que publicaba. “El joven Einaudi no es, ni será nunca, un lector.”

En efecto, si les dijera sin medias tintas que a mi parecer un buen editor de nuestros días debiera simplemente tratar de hacer lo que hizo Manuzio en Venecia en el primera año del siglo XVI, ustedes podrían pensar que estoy bromeando, cuando de hecho no bromeo en absoluto.

Calasso cita el caso del joven alemán Kurt Wolff, que a inicios del siglo pasado publicó una colección de “cuadernos más bien inusitados, de formato vertical” llamada El Día del Juicio (Der Jüngste Tag). En ella aparecieron por vez primera los textos de Kafka.

Al principio se hablaba de libros únicos. Adelphi no tenia nombre todavía. Sólo existían unos datos seguros: la edición crítica de Nietzsche, que bastaba por sí sola para dar una orientación a todo el resto.

Según la Wikipedia, la edición crítica de Nietzsche fue la primera publicación de Aldelphi, que Einaudi se negó a publicar, y lo hicieron en colaboración con la editorial Gallimard y Walter de Gruyter.

Adelphi ha publicado hasta libros religiosos, y entre toda la mezcolanza de títulos, el editor tiene la capacidad de distinguir su obra en el conjunto de las obras publicadas.

Pero no todo es miel sobre hojuelas en el mundo de la edición, Calasso plantea varios problemas que podrían terminar con la profesión del editor; el self-publishing, el aplanamiento de los perfiles editoriales y la lucha contra el copyright.

En la inmediatez actual, el editor aparece como obstáculo entre el autor y el lector, por lo que merece desaparecer.

En los primeros años del siglo XXI hemos asistido, en cambio, a un progresivo aplanamiento de las diferencias entre editores. En rigor, como saben bien los agentes más sensatos, todos compiten hoy por los mismos libros y el vencedor se distingue sólo porque, al ganar, se ha quedado con un título que se revelará como una catástrofe o una fortuna económica.

La lucha contra el copyright, desde mi personal perspectiva, presenta claroscuros. Por la difícil distinción entre lo que debiera darse a conocer de lo que debe o puede defenderse. Me recuerda el infame juicio al que fue sometido Horacio Potel por la publicación en línea de los textos de Derrida. Pero para Calasso, el problema radica en la falta de reconocimiento de una obra de ingenio.

La negativa a remunerar, en una cultura que prohíbe no remunerar a los empleados de la limpieza, implica que la obra de ingenio no sea considerada un verdadero trabajo. Pero si no es tal, ¿de qué modo deberemos considerarla? Como publicidad del autor por sí mismo. El pago por esa publicidad sería el trabajo mismo realizado por el autor al dar forma a su obra. En esta perspectiva, el autor no viviría de los ingresos que se derivan de las ventas de su obra, sino del hecho de que su obra provocaría invitaciones a actos públicos, encargos, asesorías, o estancias en campus de escritura creativa -éstos sí, adecuadamente retribuidos. Con lo cual se reconstruiría un equilibrio aceptable.

Calasso parece lamentar que en la industria editorial ocurra lo que sucedió en la industria discográfica, en la que los intérpretes ganan más con sus presentaciones que con las canciones vendidas. Y el autor reconoce que para que tal concepción se imponga, se tendría que considerar toda obra mental como comunicación.

Esta condición socarrona y envilecedora corresponde al carácter de esoterismo coactivo que distingue de manera cada vez más evidente a la innombrable actualidad. Así como en los sattra, los ritos védicos más audaces, extremos e interminables, queda borrada la distinción entre el sacrificante y el oficiante -y con ella se borraba también la obligación de los honorarios rituales para el oficiante (la daksina, sin la cual el rito mismo no podía ser considerado efectivo)-, así en el momento internético es cada vez menor la diferencia entre obra y comunicación, entre autor y genérico digitalizador.

© Jorge Ikeda 2018