March 5, 2015

Otros dos principios

En la obra Justicia para erizos, Ronald Dworkin postula dos principios a los que todo gobierno legítimo debería apegarse:

Primero, debe mostrar igual consideración por el destino de todas y cada una de las personas sobre las que reclama jurisdicción. Segundo, debe respetar plenamente la responsabilidad y el derecho de cada persona a decidir por sí misma cómo hacer de su vida algo valioso.

Para Dworkin, estos principios de justicia distributiva establecen cuáles son los recursos y las oportunidades que los gobiernos deben poner en manos de sus gobernados. Y para el autor, los gobiernos tendrían que apegarse a estos principios porque las distribuciones políticamente neutrales no existen.

Dada una combinación cualquiera de cualidades personales de talento, personalidad y suerte, lo que una persona tendrá, en materia de recursos y oportunidades, dependerá de las leyes vigentes en el lugar donde es gobernada.

Dejar la economía al laissez-faire en el que las personas compran y venden productos y servicios como quieren no es congruente con el primer principio de igual consideración para todos. El gobierno tampoco puede alegar que es responsabilidad de cada persona, pues las personas no son responsables de cualidades como la dotación genética o como la suerte. Y, según Dworkin, en el segundo principio no hay nada que autorice al gobierno a tomar una posición semejante.

Si el gobierno redistribuye la riqueza igualmente para todos, como en el juego Monopoly en el que cada jugador cuenta con una dotación igual de riqueza al inicio del juego, y cada cierto número de años repitiera el procedimiento, ello significaría que el gobierno no respeta la responsabilidad de la gente en cuanto a hacer algo con su vida, porque lo que los individuos decidieran hacer no tendría consecuencias sobre sus vidas.

Si dedico mi vida al ocio, o trabajo en una actividad en la que mi producción de lo que otras personas necesitan o quieren no es tanta como podría ser, debo asumir la responsabilidad por el costo que esa decisión impone: en consecuencia, debo tener menos.

A diferencia de G.A. Cohen en su obra Why not socialism?, Dworkin toma en consideración los costos de la decisión de trabajar o no trabajar sobre la comunidad. Cohen defiende un ingreso igual para todos, trabajen o no trabajen, ya que para él, las personas que trabajan lo hacen por gusto y no tiene ningún costo su decisión sobre los demás. Postura que, como demuestra Dworkin, sí afecta al conjunto de la comunidad. Para Dworkin el reto está en encontrar una combinación de ambos principios, y propone un modelo en el que todos participan en una subasta con igual cantidad de fichas, todos tienen la misma oportunidad y la distribución trata a todos con igual consideración. Para el segundo principio se repite el ejemplo de la subasta, pero en esta ocasión cada quien paga la prima del seguro del riesgo que quieren tomar, en este ejemplo las personas se hacen responsables del riesgo que quieren asumir y no suprime la buena o mala suerte que puedan tener en la vida.

De acuerdo con lo anterior, el gobierno no estaría respetando el derecho a decidir entre planes si vida si otorga a los ciudadanos un seguro social universal (el Seguro Popular en México, por ejemplo) o los obliga a comprar un seguro para autos contra daños a terceros (obligatorio en Morelos). En el primer caso el gobierno podría alegar que sus ciudadanos son tan pobres o ignorantes que no pueden contratar o no conocen los seguros, por lo que de forma paternalista les regala el seguro. En este caso, las leyes fracasaron en otorgarle a todos igualdad de oportunidades en educación o posibilidades para allegarse recursos. En el segundo caso, el gobierno reconoce que sus leyes son tan ineficaces que no le garantizan a nadie cobrar el daño que le causa un tercero, por lo que obliga a todos a compartir el riesgo. Tampoco está respetando el derecho a decidir entre distintos planes de vida. En ambos casos, el resultado depende, como alega Dworkin, de las leyes vigentes en el lugar donde es gobernada.

© Jorge Ikeda 2018