March 16, 2015

El principio de autoridad de Mijaíl Bakunin

En la entrada anterior al blog, comentaba cómo para Bentham las leyes representaban un obstáculo para la libertad del hombre, e Isaiah Berlin decía que Bentham estaba prácticamente sólo en esa línea de pensamiento, pero no lo está. Mijaíl Bakunin, en la obra El principio de autoridad dice:

En una palabra, rechazamos toda legislación, toda autoridad y toda influencia privilegiadas, patentadas, oficiales y legales, aunque salgan del sufragio universal, convencidos de que no podrán actuar sino en provecho de una minoría dominadora y explotadora, contra los intereses de la inmensa mayoría sometida. He aquí en qué sentido somos realmente anarquistas.

Bakunin encuentra el principio de autoridad en el idealismo y su fundamento en la negación de lo humano: en Dios.

Tres elementos o, si queréis, tres principios fundamentales, constituyen las condiciones esenciales de todo desenvolvimiento humano, tanto colectivo como individual, en la historia: 1º la animalidad humana; 2º el pensamiento, y 3º la rebeldía. A la primera corresponde propiamente la economía social y privada; la segunda, la ciencia, y a la tercera, la libertad.

La esencia de la libertad es la rebeldía. Bakunin plantea que Dios debió estar terriblemente aburrido en su soledad y creó a Adan y Eva para procurarse nuevos esclavos.

Les había prohibido expresamente que tocaran los frutos del árbol de la ciencia. Quería que elhombre, privado de toda conciencia de sí mismo, permaneciese un eterno animal, siempre de cuatro patas ante el Dios eterno, su creador su amo. Pero he aquí que llega Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos. Avergüenza al hombre de su ignorancia de su obediencia animales; lo emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la humanidad, impulsándolo a desobedecer y a comer del fruto de la ciencia.

El sentido del mito de Adán y Eva es la emancipación del hombre de Dios. Dios es idea, el hombre es materia. Aunque como dice Spinoza, lo único que podemos comprender es a Dios. El hombre se asimila a los dioses porque en él todo es pensamiento.

Los idealistas de todas las escuelas, aristócratas y burgueses, teólogos y metafísicos, políticos y moralistas, religiosos, filósofos o poetas, sin olvidar los economistas liberales, adoradores desenfrenados de lo ideal, como se sabe-, se ofenden mucho cuando se les dice que el hombre, con toda su inteligencia magnifica, sus ideas sublimes y sus aspiraciones infinitas, no es, como todo lo que existe en el mundo, más que materia, más que un producto de esa vil materia.

En lugar de ir de lo inferior a lo superior, de lo inorgánico a lo orgánico y así hasta llegar a lo específicamente humano, el hombre parte de su idea de Dios, de la perfección a la imperfección, “al fango del mundo material”.

Cuándo, cómo y por qué el ser divino, eterno, infinito, lo Perfecto absoluto, probablemente hastiado de sí mismo, se ha decidido al salto mortal desesperado; he ahí lo que ningún idealista, ni teólogo, ni metafísico, ni poeta ha sabido comprender jamás él mismo ni explicar a los profanos.

Para Bakunin, la teología es una _Credoquia absurdum _. Y duda sobre la inteligencia misma del hombre: “¿Cómo puede nacer en un hombre inteligente e instruido la necesidad de creer en ese misterio?” Sólo el deseo de dominación de los gobiernos puede mantener a los pueblos en la ignorancia. También se percibe en el argumento de Bakunin la supuesta superioridad de los sapientes sobre los ignorantes.

El pueblo desgraciadamente, es todavía muy ignorante; y es mantenido en su ignorancia por los esfuerzos sistemáticos de todos los gobiernos, que consideran esa ignorancia, no sin razón, como una de las condiciones más esenciales de su propia potencia. Aplastado por su trabajo cotidiano, privado de ocio, de comercio intelectual, de lectura, en fin, de casi todos los medios y de una buena parte de los estimulantes que desarrollan la reflexión en los hombres, el pueblo acepta muy a menudo, sin crítica y en conjunto las tradiciones religiosas que, envolviéndolo desde su nacimiento en todas las circunstancias de su vida, y artificialmente mantenidas en su seno por una multitud de envenenadores oficiales de toda especie, sacerdotes y laicos, se transforman en él en una suerte de hábito mental moral, demasiado a menudo más poderoso que su buen sentido natural.

© Jorge Ikeda 2018