March 21, 2016

El principio de Mill

En la obra La filosofía del derecho, compilada por Ronald Dworkin, Thomas Michael Scanlon enunció lo que él llamó “el principio de Mill” sobre la libertad de expresión:

Hay ciertos daños que, aunque no sobrevengan sino por efecto de determinados actos de expresión, no pueden, sin embargo, tomarse como parte de una justificación de la limitación legal de esos actos. Tales daños son: a) daños a ciertos individuos, consistentes en que éstos adquieren falsas creencias a consecuencia de dichos actos de expresión; b) como consecuencias nocivas de hechos realizados como resultado de esos actos de expresión, cuando la relación entre los actos de expresión y los nocivos consiguientes consiste simplemente en que el acto de expresión indujo a los agentes a creer (o acentuó su tendencia a creer) que esos actos merecían realizarse.

Scanlon citó el capítulo II de _La libertad _de Mill. La importancia del citado principio de radica en la pregunta sobre si el Estado está facultado a impedir un acto de expresión cuando causa un daño.

El daño de llegar a abrigar falsas creencias no es un daño contra el cual un hombre autónomo pueda dejar que el Estado le proteja mediante limitaciones de la libertad.

Si un individuo quisiera evitar ser embaucado, tendría que reconocer al Estado la facultad de decidir por él “si ciertas opiniones son falsas y, una vez formulada esa decisión, a impedirle escucharlas, con lo que dicha persona quedaría amparada aunque deseara oír esas opiniones”.

Si el individuo acepta lo anterior, pierde su autonomía, pues no podría conceder lo anterior y conservar el derecho de rechazar el dictamen del Estado sobre la falsedad de ciertas afirmaciones.

El argumento a favor de la segunda parte del principio de Mill es paralelo a este último. La opinión contra la que debe arguirse es que el Estado, una vez ha declarado ilegal cierta conducta, puede, en caso de necesidad, proceder a prevenirla proscribiendo su protección.

Si el Estado tiene facultad de prevenir la transgresión de las normas jurídicas y de esta manera garantizar su cumplimiento, esto no significa que se le otorga para exigir a los ciudadanos que lo que la ley prohíbe no debe realizarse. Ello le impediría a los individuos autónomos formarse un criterio sobre el deber de acatar la ley o de conformarse con ella.

En el caso de un individuo que entra a un cine o teatro abarrotado y grita “¡Fuego!”,  no puede impedirlo el Estado, aunque cause daño, en todo caso el individuo culpable sería responsable del daño, pero el Estado no puede impedir al individuo su acto de expresión.

El siguiente argumento ha sido utilizado para justificar el paternalismo, y se ha dicho que dado que los individuos no se comportan siempre racionalmente y quienes están en el cine o en el teatro abarrotado se encuentran en una situación que disminuye su capacidad de reflexión racional, por lo que se limita el acto de expresión esperando que otros individuos  no se vean inducidos a perpetrar actos nocivos.

Scanlon opinó que tales argumentos no son siempre proteccionistas porque podrían beneficiar a quienes no se encuentran bajo esa protección (el orador y el auditorio). Es decir, paternalista, en su concepción, sería cuando el Estado obliga a los motociclistas a usar casco “por su bien”, aunque también es del dominio público que a ciertas velocidades el casco no hace ningún cambio en cuanto al resultado material.

El problema radica en que el principio de Mill presupone que el individuo autónomo tiene el derecho de decidir personalmente y por lo tanto de disponer de todo lo necesario para ejercer ese derecho, aún de información falsa, y es el error que entraña las excepciones al principio de Mill.

Un derecho de tal clase respaldaría ciertamente una sana doctrina de la libertad de expresión, pero no es una condición sine qua non para ésta. El argumento antes expuesto era mucho más limitado. Con él se pretendía demostrar que la potestad de la Administración de limitar la libertad del ciudadano a fin de evitar ciertos daños no incluye la de prevenirlos controlando las fuentes de información del pueblo para asegurar que conserve ciertas creencias.

Es decir que para el autor la libertad de expresión no es absoluta sino que tiene ciertas excepciones que el mismo principio de Mill niega.

El hecho de que el principio de Mill no dé cabida a ciertas clases de excepciones parecerá a muchos el rasgo más inaceptable de la teoría que acabo de exponer.

© Jorge Ikeda 2017