Soberanía con hidrocarburos prestados: México, Cuba y la geometría variable de la presión estadounidense

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Como se había anticipado —sin necesidad de dones proféticos ni filtraciones de inteligencia—, el petróleo que México “solidariamente” le regalaba a Cuba terminaría por convertirse en un nuevo punto de fricción con Estados Unidos. Tras la intervención en Venezuela, Donald Trump vaticinó que, sin el petróleo venezolano, Cuba caería en cuestión de días. El cálculo falló por un detalle menor: México se había convertido en el principal proveedor energético de la isla.

Bloomberg, siempre más sobrio que entusiasta, anticipó que México suspendería los envíos de petróleo a Cuba. El buque Swift Galaxy, que supuestamente tenía como destino final la isla caribeña, terminó zarpando rumbo a Dinamarca, en lo que podría calificarse como una maniobra logística o, más honestamente, como un discreto repliegue diplomático. El 27 de enero de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que PEMEX y el gobierno de México habían decidido soberanamente suspender el envío de petróleo a Cuba y que dicha decisión no obedecía a presiones extranjeras.

La sección Rayuela de La Jornada, diario orgánicamente alineado con el régimen, sintetizó el momento con precisión quirúrgica:

“CSP: La decisión de cancelar el envío de petróleo a Cuba fue soberana. La soberana presión de Trump.”

Posteriormente, como la Chimoltrufia —que como dice una cosa, dice otra—, la propia presidenta reviró que México seguiría proveyendo petróleo a Cuba. Ante tal ejercicio de diplomacia oscilante, Donald Trump declaró el 29 de enero de 2026 una emergencia nacional y anunció la imposición de aranceles a los países que vendieran petróleo a Cuba. Las reacciones no se hicieron esperar: desde la afirmación de que la Secretaría de Relaciones Exteriores “indagaría” el nivel de los aranceles (para medirle el agua a los camotes), hasta la promesa de que la ayuda solidaria continuaría, aunque ya no con petróleo, sino con despensas del bienestar, como si el colapso energético se resolviera con arroz y frijol.

Los diarios también dieron cuenta de la llamada entre los mandatarios de México y Estados Unidos. Según la versión oficial, el tema cubano no se tocó y Washington jamás solicitó la suspensión del envío de petróleo. Sin embargo, en una entrevista concedida a bordo del Air Force One, Donald Trump declaró que sí solicitó a Claudia Sheinbaum suspender los envíos y que esta aceptó. La defensa de la soberanía, entonces, se revela como un ejercicio estrictamente retórico: una narrativa destinada al consumo interno que los propios Estados Unidos se han encargado de desmentir sin mayor esfuerzo.

Trump ha precisado que busca un “acuerdo” con Cuba, lo que sugiere un escenario similar al venezolano: presión económica máxima sin que ello implique necesariamente la caída del régimen. El objetivo central no es la democracia cubana, sino evitar la aparición de otra Haití en el Caribe. Por su parte, el presidente Díaz-Canel ha anunciado preparativos de guerra frente a las amenazas estadounidenses. No habrá una segunda Bahía de Cochinos, pero sí se ha instalado el discurso de una inminente caída rápida del gobierno. Trump calcula que a Cuba le quedan entre 15 y 20 días de reservas petroleras antes del colapso.

Surgen, sin embargo, varias preguntas incómodas. El régimen mantiene un férreo control político y, aunque ya se observan largas filas en las gasolinerías, los cubanos están históricamente entrenados en la supervivencia bajo la escasez. La carencia, en Cuba, no es una crisis: es una condición estructural.

Un factor adicional que ha permitido al régimen cubano ganar tiempo ha sido la represión de los manifestantes en Irán, lo que ha obligado a Estados Unidos a redirigir su atención hacia Medio Oriente. Cuba ha pasado momentáneamente a segundo plano, aunque sin que Washington quite el dedo del renglón. Se anticipa que una guerra contra Irán sería profundamente impopular en Estados Unidos; en contraste, una acción directa contra Cuba podría reforzar el apoyo de Trump entre los cubanos de Florida, un cálculo electoral que nunca debe subestimarse.

El episodio del petróleo mexicano hacia Cuba ilustra, una vez más, la distancia abismal entre el discurso de soberanía y la práctica real de la política exterior mexicana. México no define la agenda, la administra; no confronta, matiza; no decide, acomoda. Cuba, por su parte, no está al borde de una revolución ni de un colapso inmediato, sino atrapada en su especialidad histórica: una decadencia prolongada administrada desde el poder.