En el canal de YouTube The Diary Of A CEO Clips, entrevistan a Ian Bremmer, un experto en geopolítica que habla del futuro con la calma de quien ya aceptó que el desastre no es una posibilidad, sino una variable dependiente. Ante la pregunta de si Mythos fue un truco publicitario —una de esas puestas en escena tan del gusto contemporáneo donde la alarma es marketing y el miedo es engagement—, Bremmer responde que no: la alarma fue real. Y en una época en la que todo parece diseñado para parecer más grave de lo que es, el hecho de que algo sea efectivamente grave resulta casi perturbador.
Como se ha señalado antes, Anthropic habría desarrollado un modelo de inteligencia artificial cuya liberación pública implicaría un riesgo sistémico inmediato para la economía global. No hablamos aquí de un chatbot con delirios de grandeza, sino de una herramienta potencialmente capaz de vulnerar infraestructuras críticas: bancos, redes eléctricas, sistemas hidráulicos, cualquier software con una grieta explotable. Jamie Dimon, CEO de JPMorgan Chase, lo describió como un “incendio de cinco alarmas”, lo cual, traducido del dialecto financiero, significa que los bomberos llegaron antes de que alguien llamara. La Reserva Federal de Estados Unidos y el Secretario del Tesoro convocaron a los principales banqueros del país, en una de esas raras ocasiones en que el sistema parece reconocer que el riesgo no es abstracto, sino inminente.
Bremmer propone, con cierta elegancia analítica, que existen tres formas de entender la IA. En China, el Estado la asume como herramienta estratégica; no hay dilema moral cuando la prioridad es la hegemonía. En Europa, en cambio, la sobrerregulación y una vocación casi estética por el escepticismo han convertido a la IA en una amenaza anticipada, como si el futuro debiera pedir permiso antes de ocurrir. Estados Unidos, por su parte, oscila entre ambas posturas, pero añade un ingrediente particularmente inestable: el populismo tecnológico. La percepción de que los beneficios de la IA se concentran en una élite —una aristocracia de ingenieros, fondos de inversión y CEOs— mientras el resto enfrenta precarización o desempleo, está generando un malestar que ya no se limita a foros académicos.
No es casual, entonces, que muchos estadounidenses empiecen a evocar la necesidad de un nuevo New Deal, una suerte de redistribución digital que compense los efectos de una automatización acelerada. En ese contexto, el apoyo a figuras como Donald Trump deja de parecer una anomalía ideológica y se revela como síntoma: una respuesta, quizá errática pero políticamente eficaz, ante la sensación de que el contrato social ha sido reescrito sin consentimiento. Mientras tanto, las empresas afinan su narrativa. Algunas atribuyen despidos a la adopción de IA —una coartada tecnológicamente elegante—, aunque en no pocos casos los mercados reaccionan con entusiasmo. Block Inc. vio aumentar el precio de su acción; Oracle recorta personal para financiar centros de datos cada vez más grandes, como si el futuro exigiera sacrificios humanos en forma de hojas de cálculo.
Por si faltara algún elemento para completar el cuadro, hace apenas unos días se reportó que Anthropic investiga un posible acceso no autorizado a Mythos. La pregunta de Bremmer —qué ocurriría si esta tecnología cayera en manos de Estados como Irán o China— ya no suena a especulación, sino a preludio. Y si uno quisiera añadir un matiz menos diplomático, podría pensar en actores como Corea del Norte, que recientemente logró sustraer cientos de millones de dólares mediante ataques a plataformas DeFi, combinando ingeniería social con fallas estructurales. La idea de que herramientas de este calibre puedan volverse accesibles para cualquiera con una laptop no es tanto una promesa de democratización como una redistribución del riesgo.
La consecuencia inmediata de esta accesibilidad no es una utopía de innovación descentralizada, sino una erosión progresiva de las asimetrías tradicionales de poder. Países como Irán o Rusia podrían alcanzar capacidades equivalentes en un plazo inquietantemente corto, mientras que individuos o grupos no estatales adquieren herramientas que antes requerían recursos nacionales. En paralelo, el impacto social comienza a perfilarse con mayor claridad: no se trata solo de empleos que desaparecen, sino de estructuras políticas que se tensan. El descontento podría traducirse en violencia contra líderes tecnológicos —una especie de ludismo actualizado— y, en el extremo, en la fractura del contrato social en democracias occidentales, ese pacto implícito según el cual el progreso económico justifica la estabilidad institucional.
Se habla incluso, en ciertos círculos, de 2027 como un posible punto de inflexión, el momento en que el desempleo vinculado a la IA alcance una masa crítica. Tal vez lo más revelador no sea la cifra, sino el clima: en Estados Unidos, la IA goza de menor aceptación que el ICE, lo que sugiere que el problema ya no es técnico, sino emocional. Y cuando la tecnología entra en el terreno de las emociones colectivas, deja de ser una herramienta y se convierte en un actor político.
La advertencia de Bremmer, en este contexto, resulta casi sobria: la disrupción de la IA no es solo económica, es civilizatoria. La competencia por controlarla no definirá únicamente quién lidera la innovación, sino quién establece las reglas del orden global. Y si algo hemos aprendido —o deberíamos haber aprendido— es que las transformaciones tecnológicas no negocian con las estructuras existentes; simplemente las reemplazan. La pregunta, entonces, no es si estamos preparados, sino si, como suele ocurrir, nos daremos cuenta demasiado tarde de que nunca lo estuvimos.