Ayer vi dos videos que me obligaron a replantear la pregunta sobre Trump. No sobre el personaje mediático, el empresario de casino o el anciano naranja que convierte cada discurso en un episodio de reality show, sino sobre la función histórica que parece desempeñar dentro de una transformación mucho más profunda del orden mundial.
En el primero, durante la 81 Asamblea Anual de la CAINTRA, Jorge Guajardo explica que la guerra comercial entre United States y China no es un conflicto pasajero ni una rabieta arancelaria de Trump, sino una reconfiguración estructural del sistema económico mundial. Y en medio de esa disputa aparece México: demasiado integrado a Estados Unidos para ser neutral y demasiado cercano a China para no resultar sospechoso.
En opinión de Guajardo, Estados Unidos ya quedó rezagado frente a China en varios sectores estratégicos. Recordó quiénes acompañaron a Trump en su toma de posesión: Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sundar Pichai y demás sacerdotes del Valle del Silicio que durante décadas predicaron el evangelio del libre comercio, pero que ahora exigen subsidios, aranceles y protección estatal porque descubrieron la aterradora posibilidad de competir.
El problema es simple: los chinos producen más barato, más rápido y, cada vez con mayor frecuencia, mejor. BYD amenaza a Tesla; Xiaomi compite con Apple; Temu y Shein erosionan el modelo de Amazon. La pesadilla estadounidense ya no es la manufactura barata; es descubrir que el alumno comenzó a superar al maestro.
En el primer mandato, Trump inicia la guerra comercial contra China. Joe Biden no la elimina; la profundiza y la sofistica. Ahí radica uno de los puntos centrales de Guajardo: el conflicto ya no depende de quién gane elecciones en Washington porque republicanos y demócratas coinciden en algo fundamental: contener el ascenso chino. Trump abre la guerra comercial; Biden la institucionaliza.
El otro video que me hizo replantear la cuestión fue el del profesor Jiang Xueqin, quien sostiene una tesis deliberadamente alarmista: la Tercera Guerra Mundial no sería un evento futuro, sino un proceso que ya comenzó bajo formas híbridas —económicas, energéticas, tecnológicas, financieras y geopolíticas— aunque todavía no exista una confrontación nuclear abierta.
Xueqin utiliza teoría de juegos para construir su escenario. Los países funcionan como actores racionales atrapados en sistemas de incentivos y restricciones. Bajo esa lógica, el control energético se vuelve central. La presión sobre Venezuela o Irán no sería solamente ideológica, sino parte de una disputa por controlar el flujo global de energía y, en consecuencia, el sistema financiero internacional basado en el petrodólar.
El profesor chino insiste especialmente en el papel estratégico de Odesa y del Mar Negro. No se trata únicamente de una ciudad bombardeada en una guerra regional. Odesa representa uno de los grandes corredores de exportación de grano hacia África y Medio Oriente. Si esa ruta colapsa, las consecuencias no serían solamente inflación alimentaria, sino hambrunas, crisis políticas y nuevas olas migratorias hacia Europa. La guerra en Ucrania deja entonces de ser un conflicto local y se convierte en un mecanismo de desestabilización sistémica.
Y ahí aparece uno de los escenarios que Xueqin considera más peligrosos: si Iran entra en una guerra abierta y Russia acude en su auxilio, el conflicto dejaría de ser regional. El cierre o interrupción del estrecho de Ormuz dispararía el precio del petróleo, afectaría cadenas globales de suministro y provocaría crisis económicas simultáneas en Europa, Asia y Estados Unidos. En otras palabras, la globalización descubriría súbitamente que depende de unos cuantos cuellos de botella marítimos custodiados por países armados hasta los dientes.
Jiang Xueqin sugiere que la remoción de Maduro y un conflicto bélico con Irán estarían dirigidos a cortar el suministro de petróleo a China, con el fin de obligarla a pactar un acuerdo que preserve la preeminencia estadounidense.
Esto, estrictamente hablando, ya ocurrió antes. Quienes vieron Blade Runner (1982) recuerdan a la corporación Tyrell fabricando replicantes, pero muchos olvidan los enormes anuncios de Shimago-Dominguez flotando sobre la ciudad cyberpunk. Ese nombre sintetizaba una vieja paranoia estadounidense: el temor a ser económicamente dominados por japoneses y latinos.
En los años ochenta, el enemigo económico de Estados Unidos no era China, sino Japón. Para 1985, Japón controlaba más del 50% del mercado mundial de semiconductores. Entonces Washington descubrió súbitamente que el libre comercio podía resultar inconveniente. Acusó a Japón de dumping y prácticas desleales, obligándolo a firmar el Acuerdo de Semiconductores entre Estados Unidos y Japón de 1986.
El resultado fue notable: Japón perdió ventaja competitiva, aumentaron sus costos y se abrió espacio para el resurgimiento de empresas estadounidenses. Paradójicamente, una de las grandes beneficiarias indirectas del nuevo orden tecnológico sería TSMC, cuya existencia terminaría convirtiéndose décadas después en un problema geopolítico gigantesco por estar ubicada en Taiwán, territorio reclamado por China.
También quedó claro algo incómodo: Estados Unidos defiende el libre comercio mientras conserva la ventaja tecnológica. Cuando la pierde, el libre mercado se transforma milagrosamente en asunto de seguridad nacional.
La crítica más evidente que puede hacerse a Xueqin es que formula múltiples predicciones simultáneas; estadísticamente, basta acertar una o dos para adquirir reputación de profeta geopolítico. Sin embargo, varias de las preocupaciones que plantea no son precisamente descabelladas. Guajardo recordó el caso de los cubrebocas N95 durante la pandemia: Estados Unidos descubrió con horror que dependía de China incluso para productos básicos. Después vino el problema de los microchips y el descubrimiento colectivo de que gran parte del mundo depende de fábricas ubicadas en Taiwán.
Por eso Washington presionó a TSMC para construir plantas en Phoenix. La lógica es simple: si Taiwán cae, Estados Unidos no puede quedarse sin chips. La globalización funcionaba maravillosamente mientras nadie disparara misiles sobre las fábricas.
Otro escenario inquietante que ambos ponentes mencionan es la reconversión industrial. Las viejas armadoras estadounidenses, incapaces de competir con la manufactura china, podrían terminar transformándose en fabricantes de armamento. La historia tiene cierta ironía: cuando una potencia pierde competitividad industrial, siempre puede intentar convertirse en proveedor mundial de guerra.
Y considerando la cantidad de conflictos potenciales acumulándose simultáneamente —Ucrania, Irán, Taiwán, el Mar Rojo, Gaza— parece que el mercado internacional de armas seguirá teniendo una demanda bastante saludable.