En política, como en los mercados, conviene hacerse siempre la misma pregunta: ¿quién gana? Los romanos resumían el método con una expresión inmortal: cui bono?
En la entrada anterior aventuré la hipótesis de que el episodio de OpenAI había sido un publicity stunt que salió mal. Me equivoqué. Todo indica que fue un publicity stunt extraordinariamente exitoso. Más aún: es posible que el caso de Mythos responda a la misma lógica. Dos episodios aparentemente inconexos, separados por empresas distintas, terminan construyendo exactamente la misma narrativa: la inteligencia artificial representa un peligro existencial y, por lo tanto, el Estado debe intervenir cuanto antes.
La pregunta nunca ha sido si existe un riesgo. Toda tecnología suficientemente poderosa lo tiene. La pregunta interesante es otra: ¿quién obtiene beneficios políticos y económicos cuando ese riesgo se exagera?
La revista Futurism sembró una duda razonable. OpenAI no es precisamente una startup que opere desde un garaje. Es un contratista del Departamento de Defensa de los Estados Unidos y presume algunos de los protocolos de seguridad física y digital más estrictos del planeta. Resulta, cuando menos, curioso que un modelo supuestamente detecte una vulnerabilidad zero-day, desarrolle una estrategia para escapar y que todo ello ocurra dentro de una organización cuya razón de existir consiste precisamente en evitar ese tipo de escenarios.
La historia, además, ya la habíamos escuchado. Hace algunos meses Anthropic presentó un relato parecido. Chiste repetido sale podrido.
No deja de ser llamativo que, casi al mismo tiempo, Sam Altman vuelva a insistir en la necesidad de detener o ralentizar el desarrollo de la inteligencia artificial. La pregunta obligada no es si debe detenerse, sino hasta cuándo. La respuesta parece bastante conveniente: hasta que el gobierno establezca un marco regulatorio que determine qué modelos son seguros y cuáles no; quién puede entrenarlos y quién no; quién recibe una licencia y quién queda fuera del mercado.
En otras palabras, no se trataría únicamente de regular la inteligencia artificial. Se trataría de decidir quién tiene permiso para fabricar inteligencia artificial.
Ese es el verdadero debate que hoy se desarrolla en Estados Unidos. OpenAI y Anthropic han defendido públicamente la necesidad de imponer controles mucho más severos sobre los modelos desarrollados en China, argumentando riesgos para la seguridad nacional. Del otro lado, las empresas chinas parecen haber optado por una estrategia casi suicida desde la lógica occidental: distribuir modelos abiertos o prácticamente gratuitos.
La diferencia económica es brutal.
Mientras Silicon Valley quema cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, GPUs, electricidad e investigación para construir la próxima generación de modelos, sus competidores chinos ofrecen capacidades similares a costos marginales o, simplemente, las liberan bajo esquemas open source. Desde la perspectiva de cualquier inversionista estadounidense, eso no es competencia; es una guerra de desgaste.
Por supuesto, las empresas estadounidenses sostienen que buena parte de esos modelos chinos fueron entrenados utilizando conocimiento derivado de modelos occidentales mediante distintas técnicas de destilación. La acusación no es nueva. Tampoco sería la primera vez que una revolución tecnológica se acelera copiando al competidor.
El caso llega a extremos casi cómicos. Si uno le pregunta a Kimi quién es, en ocasiones responde que es Claude. Freud habría disfrutado semejante lapsus digital.
Lo verdaderamente incómodo para los grandes laboratorios estadounidenses es otro asunto: la economía de la inteligencia artificial todavía no termina de cuadrar.
Durante los últimos años gastaron cantidades obscenas de capital bajo la promesa de que la IA sustituiría masivamente trabajadores. Sin embargo, numerosas empresas han comenzado a recontratar parte del personal que habían despedido. Descubrieron una vieja verdad del capitalismo: el ser humano sigue siendo sorprendentemente barato cuando se le compara con el costo real de operar modelos de frontera.
Mientras tanto, muchas compañías estadounidenses que dependen de modelos abiertos observan con preocupación los intentos de restringir la competencia china. No porque simpaticen con Pekín, sino porque un mercado dominado únicamente por OpenAI y Anthropic convertiría el acceso a la IA en un servicio extraordinariamente caro. Y cuando el costo de un insumo básico se multiplica, desaparecen cientos de empresas que viven de él.
A este escenario económico se suma un fenómeno social poco comentado.
Durante varias ceremonias de graduación en universidades estadounidenses, algunos oradores que exaltaban las bondades de la inteligencia artificial fueron recibidos con abucheos o con estudiantes abandonando el recinto. No se trata de un rechazo tecnológico al estilo ludita del siglo XIX. Es algo mucho más pragmático. Para una generación que entra al mercado laboral cargando deudas universitarias, escuchar que la tecnología reemplazará precisamente los empleos para los cuales se preparó durante cuatro años difícilmente resulta inspirador.
El miedo, después de todo, no es patrimonio exclusivo de quienes desconfían de la IA. También pertenece a quienes viven de venderla.
Si la sociedad termina convencida de que la inteligencia artificial constituye un riesgo tan grande que sólo unas cuantas empresas certificadas pueden desarrollarla, los grandes beneficiarios no serán los ciudadanos. Serán las compañías que ya poseen la infraestructura, los centros de datos, el acceso privilegiado al gobierno y la capacidad económica para cumplir cualquier requisito regulatorio que ellas mismas ayudaron a diseñar.
Paradójicamente, una regulación concebida para contener monopolios podría terminar consolidando un oligopolio.
Y si, de paso, la narrativa permite excluir a los modelos chinos invocando la seguridad nacional, el círculo queda perfectamente cerrado: menos competencia, mayores barreras de entrada y precios más altos para todos los demás.
No afirmo que exista una conspiración; afirmo algo mucho más interesante. Los incentivos económicos empujan exactamente en esa dirección. Y cuando los incentivos, el discurso público y los intereses de los actores dominantes comienzan a alinearse con tanta precisión, el escepticismo deja de ser una extravagancia intelectual para convertirse en un deber cívico.
Porque el miedo ha sido, desde tiempos de Roma, uno de los negocios más rentables de la historia. La inteligencia artificial quizá sea la tecnología del siglo XXI. El miedo a la inteligencia artificial, en cambio, amenaza con convertirse en el modelo de negocio más exitoso de la década.