A Trump se le cierra la ventana de oportunidad para atacar Cuba o México e intentar ganar adeptos y, probablemente, las elecciones del 3 de noviembre. Ayer, Trump afirmó que México está controlado por los cárteles. También aseguró que han atacado por mar, en referencia a las embarcaciones que han hundido, pero hizo alusiones a posibles ataques por tierra en territorio mexicano. El costo de oportunidad de atacar a los cárteles en México sería dinamitar la cooperación entre México y Estados Unidos en materia de narcotráfico. Es decir, resolver un problema creando otro que podría resultar mucho más costoso.
El problema es que la ventana de oportunidad se cierra y, en dos semanas, no parece haber tiempo suficiente para fabricar un casus belli, es decir, un pretexto para justificar una guerra. Por ejemplo, podría secuestrar a un político acusado de narcotráfico para presentarlo ante los tribunales estadounidenses. Ante la disyuntiva de cooperar con México o confrontar a Estados Unidos por esta causa, Sheinbaum optaría por lo segundo. Estados Unidos podría entonces argumentar que México no coopera en la lucha contra el narcotráfico ni contra la corrupción que lo hace posible y actuar en consecuencia. Sin embargo, fabricar una crisis de semejantes dimensiones en apenas dos semanas no parece una tarea sencilla, ni siquiera para alguien que considera que la política exterior consiste en anunciar amenazas y esperar que el mundo se doblegue.
Durante estas dos semanas, Trump también podría intentar secuestrar a Díaz-Canel o a Raúl Castro. Sería una operación relámpago, como la ocurrida en Venezuela, con la esperanza de obtener réditos electorales. En realidad, pudo haberlo hecho después de Venezuela y capitalizar el voto cubano en Florida, que probablemente ya tiene de su lado. Pero optó por atacar Irán, bajo la presión de Israel, y consiguió que Irán cerrara el estrecho de Ormuz, disparando el precio internacional del petróleo. Esto contribuyó a la inflación en Estados Unidos y a su propia debacle política. Una magnífica demostración de cómo una decisión concebida para proyectar poder puede terminar por convertirse en un mecanismo para erosionarlo.
En su desesperación, Trump optó por pactar con Putin y acceder a la compra de combustibles rusos. Después de los dimes y diretes con el presidente de Ucrania, decidió cerrar el acceso de los ucranianos al sistema Starshield y, probablemente, restringir también su acceso a la inteligencia militar del Pentágono. Trump culpó a Zelensky por el incremento de los precios del petróleo, sin reconocer que la causa inmediata de la crisis energética fue la guerra con Irán que él mismo decidió emprender. De paso, inclinó decisivamente la balanza a favor de Rusia. Los países europeos, que al defender a Ucrania defienden también su propia integridad territorial, llegaron a considerar que Estados Unidos ya no era simplemente un aliado poco confiable, sino un posible adversario o una amenaza directa para la seguridad del continente. No todos los días una potencia consigue deteriorar sus alianzas, fortalecer a su principal adversario estratégico y encarecer la energía de sus propios ciudadanos con una sola aventura militar.
Nadie sabe qué ocurrirá durante los días que restan antes de las elecciones. Si no sucede nada extraordinario que modifique el escenario político, está previsto que los republicanos pierdan el control de ambas cámaras del Congreso y que Trump quede expuesto a un procedimiento de impeachment. Esto no significa que su destitución sea automática ni inevitable, pues dependería de las mayorías legislativas y de las circunstancias políticas. En caso de que fuera destituido, sería reemplazado por el vicepresidente J. D. Vance, quien podría terminar desempeñando un papel semejante al de Gerald Ford tras la renuncia de Richard Nixon: otorgarle a Trump un indulto presidencial. La historia, después de todo, ofrece precedentes bastante ilustrativos sobre la capacidad del sistema político estadounidense para convertir una crisis presidencial en un problema de sucesión y, eventualmente, en una negociación sobre la impunidad.
Así, Trump enfrenta una paradoja: cuanto más intenta recuperar mediante la fuerza el capital político que ha perdido, más posibilidades tiene de acelerar su propia caída. Le quedan dos semanas para demostrar que todavía puede convertir una crisis internacional en una victoria electoral. El problema es que las guerras, a diferencia de las campañas publicitarias, no siempre terminan cuando el protagonista decide cambiar de tema.