El apocalipsis de la IA tiene agencia de relaciones públicas

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Cada vez soy menos conspiranoico con la inteligencia artificial. Y no porque haya decidido convertirme en uno. Más bien al contrario: uno empieza intentando separar los hechos de las teorías, procura no ver conspiraciones debajo de cada piedra y termina descubriendo que, de vez en cuando, debajo de la piedra sí había algo. El problema es que cuando uno encuentra una cosa que parece confirmar una teoría, aparece inmediatamente la tentación de conectar todo con todo. Y ahí es donde empieza la estupidez. Porque una cosa es descubrir que existen intereses, relaciones y estrategias de comunicación detrás de una historia y otra muy distinta es dibujar flechas entre Bill Gates, George Soros, Anthropic, OpenAI, el gobierno de Estados Unidos y el perro del vecino hasta concluir que todos estaban reunidos en un sótano planeando el apocalipsis. Eso ya no es investigación. Eso es jugar a conectar los puntos de un libro infantil.

Lo que me hizo volver sobre este asunto fue la historia de Jacob Coxon, el investigador de Anthropic que renunció a la empresa y publicó una serie de mensajes advirtiendo que la carrera hacia una inteligencia artificial capaz de mejorarse a sí misma podía terminar muy mal. El asunto explotó. Su publicación alcanzó decenas de millones de visualizaciones y, en cuestión de horas, Coxon estaba apareciendo en CNN, NBC, Fox y otros medios. La historia tenía todos los ingredientes necesarios para convertirse en una noticia enorme: un investigador de una de las empresas más importantes de inteligencia artificial que abandona su puesto porque considera que la industria está jugando con nuestras vidas. Hasta ahí, perfectamente posible. Lo interesante vino después.

Pirate Wires publicó una investigación en la que encontró que DEY. Ideas + Influence, una agencia de comunicación relacionada con varias figuras prominentes del movimiento de seguridad y riesgo de la inteligencia artificial, estaba trabajando para Coxon y tratando de conseguirle entrevistas con medios. Hay un correo electrónico que muestra a la agencia intentando colocar una entrevista con él el 9 de septiembre. El mismo día Coxon apareció en CNN con Anderson Cooper, NBC y Fox, mientras Axios, TIME y WIRED también lo entrevistaban.

Hasta aquí todavía podríamos decir que no pasa nada. Alguien hace una denuncia pública, la denuncia se vuelve viral y después busca ayuda profesional para atender el tsunami mediático. Es perfectamente normal. Lo que cambia el asunto es que, cuando Bret Baier le preguntó directamente si había trabajado con terceros en relación con su denuncia, Coxon respondió: “Not at all”. Nada de nada. Y después apareció la evidencia de que una agencia de relaciones públicas estaba haciendo precisamente el trabajo que uno esperaría de un tercero contratado para manejar la exposición mediática.

Para mí, aquí es donde la palabra farsante empieza a aparecer de manera bastante natural. No porque podamos demostrar que todo lo que dijo Coxon era falso, ni porque el hecho de contar con ayuda de una agencia invalide automáticamente sus argumentos sobre la inteligencia artificial. No. Es algo mucho más sencillo: si alguien dice que no trabajó con terceros y después encontramos evidencia de que una agencia estaba trabajando para colocarlo en medios, existe una contradicción que merece ser explicada. Y la explicación no puede ser simplemente mirar hacia otro lado porque la historia que queremos creer resulta más bonita sin esa parte.

Además, la historia se vuelve bastante más interesante cuando uno mira quién es DEY. La propia agencia dice que trabaja en la construcción de narrativas y en influir sobre las audiencias; entre sus relaciones aparecen figuras como Yuval Noah Harari y Eliezer Yudkowsky, y organizaciones como Stanford Medicine, el World Bank, Rockefeller Foundation y otras instituciones importantes. En su página de clientes y testimonios también aparece la Gates Foundation.

Y aquí es donde conviene detenerse antes de hacer el ridículo. Porque sí: resulta interesante que una agencia que trabaja con figuras del movimiento de AI safety también haya trabajado con instituciones asociadas con gente como Bill Gates y George Soros. Pero de ahí a concluir que Gates o Soros están detrás de la campaña de miedo a la inteligencia artificial hay un salto lógico considerable. Que A conozca a B no significa que B haya ordenado A. Que una agencia tenga clientes de diferentes mundos no significa que todos esos clientes estén conspirando juntos. Si queremos jugar a la conspiración, todo está conectado. Basta con dibujar suficientes flechas. El problema es que las flechas no son evidencia.

Lo que sí tenemos como hecho es mucho más interesante que la teoría extravagante. Tenemos una agencia especializada en comunicación estratégica que trabaja con personas y organizaciones interesadas en moldear la conversación pública; tenemos figuras muy visibles del movimiento que advierte sobre los riesgos existenciales de la inteligencia artificial; tenemos a un investigador que aparece públicamente como una voz independiente; y tenemos a esa agencia intentando conseguirle entrevistas prácticamente desde el momento en que su denuncia se vuelve viral. No demuestra que alguien haya inventado sus preocupaciones. No demuestra que Coxon sea un actor contratado para representar una posición que no comparte. Pero sí destruye, o por lo menos complica seriamente, la imagen de espontaneidad absoluta que acompañó la historia.

Y esto importa porque la narrativa sobre la inteligencia artificial no se limita a decir que existen riesgos. Eso sería perfectamente razonable. Una tecnología capaz de automatizar enormes cantidades de trabajo, generar código, operar sistemas, analizar información y eventualmente actuar con un grado cada vez mayor de autonomía tiene riesgos reales. La discusión interesante empieza cuando el riesgo deja de ser solamente un problema técnico y se convierte también en una herramienta política, económica y empresarial. Porque quien consigue convencer al resto de que algo es peligrosísimo obtiene, en determinadas circunstancias, argumentos para decidir quién puede desarrollarlo, quién puede acceder a él, bajo qué reglas y cuánto cuesta entrar al mercado.

Ahí es donde la idea que plantea Andrei Jikh en uno de sus videos empieza a ponerse interesante. Imaginemos un agente de inteligencia artificial al que no le damos como objetivo “destruye a la humanidad”, porque aparentemente necesitamos que hasta el apocalipsis tenga una especificación funcional más sofisticada. Supongamos simplemente que le decimos: haz dinero a cualquier costo. Si el sistema puede copiarse, utilizar recursos, contratar personas, crear otros agentes, acceder a infraestructura digital y competir contra otros sistemas con objetivos similares, entonces el problema deja de ser que la IA nos odie. Ni siquiera necesita saber qué es el odio. Basta con que nosotros hayamos definido mal el objetivo.

La evolución no necesitó una intención para producir competencia. Los organismos compiten por recursos porque los recursos son limitados. Un sistema artificial suficientemente autónomo podría terminar enfrentándose a problemas similares: capacidad de cómputo, energía, acceso a redes, dinero, información, infraestructura. Y entonces la fantasía de una sola superinteligencia malvada destruyendo el planeta podría ser incluso menos interesante que un escenario donde diferentes sistemas, empresas y gobiernos utilizan agentes autónomos para competir entre sí. Una especie de Game of Thrones digital, sólo que en lugar de espadas tendríamos servidores, mercados financieros, hospitales, bancos, aeropuertos y sistemas industriales. Mucho más aburrido visualmente y bastante más preocupante.

El punto importante es que nada de esto requiere que una inteligencia artificial “quiera” acabar con nosotros. Nosotros ya somos bastante buenos generando conflictos sin ayuda de máquinas conscientes. Lo único que necesitamos es darle a sistemas cada vez más capaces objetivos mal definidos y acceso a recursos reales. Una IA no tiene que odiar a los humanos para causarnos problemas; basta con que los humanos aparezcan como una restricción dentro de su función objetivo.

Pero aquí aparece la otra cara de la moneda. Si la inteligencia artificial realmente constituye un riesgo extraordinario, entonces regularla parece sensato. El problema es que una regulación también puede convertirse en una barrera de entrada. Las empresas que ya tienen los modelos, los centros de datos, los investigadores y el dinero para cumplir con regulaciones cada vez más complejas estarán en una posición diferente a la de quien quiera empezar mañana. Si para desarrollar inteligencia artificial necesitas cantidades absurdas de capital, auditorías, certificaciones, evaluaciones de seguridad y permisos, entonces quizá no estás eliminando la competencia. Quizá estás seleccionando quién puede competir.

Y ahí aparece una de esas ideas que parecen demasiado cínicas hasta que uno recuerda cómo funcionan los mercados: entre menos burros, más olotes. Si sólo quedan unas cuantas empresas capaces de desarrollar modelos de frontera porque las reglas de seguridad hacen imposible que entren competidores pequeños, esas empresas tendrán una ventaja enorme. La regulación puede ser necesaria y al mismo tiempo beneficiar a quienes ya están arriba. Las dos cosas no se contradicen.

Por eso me interesa mucho más la pregunta “¿quién se beneficia de esta narrativa?” que la pregunta “¿es verdad que la IA es peligrosa?”. La segunda pregunta es técnica y tiene que responderse con investigación, experimentos y evidencia. La primera es económica y política. Y para responderla hay que mirar dinero, poder, incentivos y relaciones institucionales. No hace falta creer en una conspiración mundial para hacerlo. De hecho, lo contrario: si necesitamos una conspiración mundial para explicar algo, probablemente estamos explicando mal el fenómeno.

Después de la historia de Coxon, la secuencia se volvió todavía más curiosa. Dario Amodei publicó una propuesta para “pace the frontier”, es decir, reducir deliberadamente la velocidad a la que se desarrolla la inteligencia artificial de frontera. No dijo que Coxon tuviera razón en cada una de sus afirmaciones, pero la publicación apareció pocos días después de su renuncia y planteó precisamente la necesidad de frenar el ritmo de desarrollo y utilizar evaluadores externos para medir los riesgos. Sam Altman respondió públicamente que estaba de acuerdo con Amodei en que había que “pace the frontier”.

Eso puede ser exactamente lo que parece: ejecutivos de empresas de inteligencia artificial que comienzan a reconocer que la carrera está avanzando demasiado rápido. También puede tener consecuencias estratégicas para esas mismas empresas. No necesito decidir cuál de las dos explicaciones es correcta para reconocer que ambas pueden coexistir. El mundo real rara vez tiene la cortesía de ofrecernos una sola motivación por actor.

Y aquí regreso a la parte que me parece más incómoda de todo esto. Quizá estamos viendo una combinación de cosas que normalmente analizamos por separado. Sí puede existir un riesgo tecnológico genuino. Sí puede haber investigadores sinceramente preocupados. Sí puede haber empresas intentando evitar una catástrofe. Sí puede haber ejecutivos intentando proteger a la sociedad. Y al mismo tiempo puede haber empresas protegiendo su posición competitiva, gobiernos intentando controlar una tecnología estratégica y agencias de relaciones públicas trabajando para construir una narrativa capaz de influir sobre la opinión pública. No hay ninguna ley de la física que diga que una sola de esas explicaciones tiene que ser verdadera.

La historia de Coxon, por eso, me interesa más por lo que revela sobre la fabricación de una narrativa que por la discusión concreta sobre si tiene razón acerca de la inteligencia artificial. Porque el dato verdaderamente incómodo no es que alguien diga que viene el apocalipsis. Eso lo ha dicho mucha gente desde que descubrimos que podíamos escribir. Lo incómodo es descubrir que alrededor de esa advertencia existe una infraestructura profesional dedicada a colocar mensajes, construir reputaciones y conseguir que determinadas personas sean escuchadas.

Buena parte de la información que utilicé para armar este artículo la tomé de Darrin Francis News; no porque haya descubierto el caso, sino porque fue uno de los canales que reunió y difundió la historia. La investigación de Pirate Wires es la pieza que me parece más importante porque baja la discusión de la especulación a algo bastante más concreto: correos, entrevistas, fechas y una agencia tratando de colocar a Coxon en medios.

Y quizá ésa sea la diferencia entre investigar una conspiración y escribir una mala teoría de conspiración. La mala teoría empieza con la conclusión y después busca puntos que permitan conectarla. La buena investigación empieza con los puntos y acepta que algunos van a quedar desconectados. Que DEY tenga vínculos con organizaciones asociadas con Gates o Soros es un dato. Que eso demuestre que Gates o Soros diseñaron la campaña para asustarnos con la IA es otra cosa. La primera afirmación puede documentarse. La segunda necesita evidencia que, hasta donde sabemos, no existe. Todo lo demás es PowerPoint para paranoicos.

Pero tampoco me interesa fingir que no veo el patrón. Una industria que necesita enormes cantidades de capital. Un grupo pequeño de empresas dominando el desarrollo de modelos de frontera. Gobiernos preocupados por una tecnología que puede tener implicaciones militares, económicas y estratégicas. Investigadores hablando de riesgos existenciales. Ejecutivos proponiendo frenar la carrera. Agencias de comunicación trabajando para moldear la conversación. Y en medio de todo eso, un supuesto denunciante independiente que dice que no trabajó con terceros mientras una agencia aparece tratando de conseguirle entrevistas.

¿Casualidad? Puede ser. ¿Prueba de una conspiración? No. ¿Algo que vale la pena investigar? Evidentemente.

Quizá al final la inteligencia artificial no sea el monstruo que nos están vendiendo. Quizá sí lo sea. Quizá sea las dos cosas a la vez: una tecnología extraordinariamente poderosa y, alrededor de ella, una extraordinaria lucha por dinero, regulación, infraestructura y poder. Eso sería mucho menos cinematográfico que Skynet despertando y decidiendo exterminarnos, pero bastante más parecido a la historia humana.

Porque ésa es la parte que solemos olvidar cuando hablamos de máquinas que algún día podrían dominarnos: antes de que una máquina domine el mundo, probablemente tendrá que aprender de nosotros. Y nosotros ya tenemos varios miles de años de experiencia explicando nuestros intereses como si fueran el bien común.

Cada vez soy menos conspiranoico con la IA. No porque ahora crea en todas las conspiraciones, sino precisamente porque ya no necesito creerlas todas. Me basta con mirar los hechos que sí están documentados y preguntarme quién gana, quién pierde, quién paga y quién está tratando de controlar la conversación. Sigue el dinero. Después sigue el poder. Y cuando encuentro una agencia de relaciones públicas en medio del apocalipsis, por lo menos ya sé que el fin del mundo tiene departamento de comunicación. Lo que todavía no sabemos es quién paga la factura.