March 20, 2018

La ex Hacienda de Temixco

Pocos saben que la ex Hacienda de Temixco fue un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. En la obra “Uprooting Community: Japanese Mexicans, World War II, and the U.S.-Mexico Borderlands” de Selfa A. Chew, la autora cuenta una historia de explotación de los japoneses por los mismos administradores japoneses de la Hacienda.
La Hacienda de Temixco fue adquirida por Alejandro Lacy Orci cuando el Estado de Morelos la subastó después de la Revolución. Alejandro Lacy Orci era cercano al Presidente Plutarco Elías Calles porque sus nietos se habían casado. En 1935 el Presidente Lázaro Cárdenas mandó al exilio a Calles, entonces la familia de este último regresó paulatinamente a Sonora. Cárdenas había cedido parte de las tierras de la Hacienda a los campesinos de Palmira y Temixco en 1938. Como el propietario no quería cumplir con la disposición y tampoco quería problemas con las autoridades agrarias, en 1942 le vendió la propiedad a los líderes del Comité de Ayuda Mutua en ochenta y cinco mil pesos.
En febrero de 1943, Alberto Yoshida y Takugoro Shibayama informaron al Departamento de Investigación Política y Social (en adelante DIPS) que ochenta internos trabajaban en los campos y treinta se negaban a trabajar. Lo que no le dijeron a las autoridades era que se negaban a trabajar sin recibir un salario. Los internos tenían que pagar por jabón, comida y otros productos que sus familias consumían. Los líderes del Comité de Ayuda Mutua solicitaron la intervención de Miguel Alemán, en ese entonces Secretario de Gobernación, y los rebeldes fueron detenidos y enviados a la estación migratoria de Perote en Veracruz.
La Secretaría de Gobernación investigó los hechos denunciados por el Comité de Ayuda Mutua y reportó lo dicho por Zintaro Matsu Nakagawa. Que había 63 hombres trabajando el campo y les pagaban una miseria. Que les pagarían dos pesos por semana más alimentos, pero los dueños de la Hacienda se quedaban con la mitad del salario y encima les descontaban los alimentos, no sólo de ellos sino los de todos. Como él estaba sólo en el campo, terminaba manteniendo a los familiares de sus compañeros. Que las mujeres representaban una carga adicional, pues no recibían salario y encima había que mantenerlas. La Secretaría de Gobernación determinó que sus reclamos eran justos, que no era espía pues llevaba más de 50 años en México, fue liberado y enviado a Veracruz junto con Kato Kiyomatsu, Sanemón Yamamoto, Kei Hito Misida y Santiago Shiguezo Kobayashi.
El 14 de septiembre de 1944, Adolfo Nobou Yoshioka informó a la DIPS que el Comité de Ayuda Mutua estaba a cargo de la supervivencia y cuidado de los trabajadores inconformes.
El doctor Manuel Hiromoto también llenó un reporte en Perote en el que no sólo se quejaba de las condiciones laborales, sino que las autoridades de la Hacienda abusaban de su poder. Como él era cristiano, se dolía de la falta de libertad religiosa, pues las autoridades en la Hacienda únicamente permitían los ritos católicos. También se quejaba del clasismo en la Hacienda que reproducía la rígida estructura social de Japón. Que los administradores de la Hacienda los amenazaban con enviarlos a Perote si no accedían a trabajar sin compensación.
En abril de 1943 los detenidos en Perote escribieron una carta a Luis Tsuji en la que suplicaban que los regresaran a Temixco, que estaban dispuestos a trabajar sin compensación y que no se quejarían más. Muchos de sus familiares habían muerto en Temixco mientras ellos se encontraban en Perote. La autora Selfa A. Chew menciona que no había enfermería en la Hacienda y de acuerdo con el artículo 14 de la Convención de Ginebra de 1929 estaban obligados los campos de concentración a tenerla. La atención médica era deficiente y era brindada por el doctor Tsunesaburo Hasegawa que había sido arrestado en Ciudad Juárez en 1942. El doctor Manuel Hiromoto se quejaba de que el administrador Shibayama no le permitía atender a los enfermos. Minerva Yoshino recuerda el dolor de dos muertes que pudieron ser evitadas.
A pesar de la distancia en el tiempo y de la rigidez de la mentalidad de los japoneses de la época, no logro entender porqué se aprovecharon de la mala situación en la que se encontraban sus compatriotas que ya habían sido desplazados de sus comunidades y obligados a vender sus bienes.
En una nota al pie de página del texto “Los japoneses en México durante la Segunda Guerra Mundial” que aparece en la obra “Historia de las relaciones internacionales de México 1821-2010” publicado por la Secretaría de Relaciones Exteriores dice:

“No cabe duda de que ésta fue una situación crítica para los japoneses en México. Sin embargo, una comparación con lo que sucedió en las comunidades niponas en Estados Unidos y algunos países de América Latina permite relativizar un tanto su sufrimiento en México. Por ejemplo, en Estados Unidos y Canadá los japoneses fueron enviados a virtuales campos de concentración, mientras que unos 2,000 japoneses de Centroamérica, Perú y Bolivia fueron remitidos a Estados Unidos para servir como rehenes.”

La versión oficial que compara la situación de los japoneses en la Hacienda de Temixco con la que vivieron los japoneses en Estados Unidos o en Canadá es una distorsión de la realidad que narra Selfa A. Chew. Los peores maltratos ocurrieron en México y en Canadá, pues los detenidos fueron obligados a costear su manutención, mientras que en Estados Unidos se les proveyó de lo necesario.
Claudio Magris en “Utopía y desencanto” dice que:

“La ley positiva, por sí misma, no es legítima, ni siquiera cuando nace de un ordenamiento democrático o del sentimiento y de la voluntad de una mayoría, si atropella a la moral; por ejemplo una ley racista, que sancione la persecución o el exterminio de una categoría de personas, no será justa aunque venga aprobada democráticamente por una mayoría en un parlamento regularmente elegido, cosa que podría ocurrir o ya ha ocurrido”

Claudio Magris también cita a Norberto Bobbio, quien dice:

“…luchar para crear una legalidad más justa sin limitarse a contraponer las “voces del corazón” a las normas positivas, sino haciendo que esas voces del corazón se conviertan en normas, en nuevas normas más justas, transformándolas y sometiéndolas a la comprobación de la coherencia lógica y de las repercusiones sociales; comprobación propia de toda norma y de su creación”

© Jorge Ikeda 2018